La casa tenía una regla que nadie me había explicado: si dejaba de hacer ruido, algo había conseguido acercarse.
Lo entendí tarde, cuando el pomo del dormitorio empezó a girar mientras yo sostenía la pieza de madera que había sacado de uno de los nichos. Del otro lado de la puerta, una voz idéntica a la mía pidió que la dejara entrar.
Mi mano temblaba. La cerradura giró una vez. Luego otra.
Para entonces ya había visto a la presencia en las cuatro ventanas a la vez.
Me habían contratado para inventariar una casa de campo antes de que empezara la reforma. El comprador quería conservar la fachada y reemplazar el interior; mi trabajo consistía en registrar lo que aún pudiera salvarse. Era una oportunidad importante. Si lograba documentar suficiente valor histórico, quizá consiguiera frenar la demolición de las columnas y los nichos que había en sus cimientos.
La casa quedaba al final de un camino de tierra que rodeaba una loma. No había una quebrada ni una roca que obligara a desviarse. El camino sencillamente daba una curva amplia y volvía a apuntar hacia la propiedad, como si quien lo hubiera trazado hubiera preferido no acercarse demasiado.
En cada esquina de la casa se levantaba una columna de piedra con un nicho cerrado por una losa. Dentro había un amuleto distinto: un saquito rojo, una pieza de metal en forma de uña, un cuenco de barro sellado con cera y una figura de madera de olivo, oscura y lisa por el contacto de muchas manos. Los cuatro apuntaban hacia afuera: al río, al bosque, al camino antiguo y a la carretera nueva.
Pregunté por ellos en el pueblo. Los vecinos me respondieron con silencios y miradas que se desviaban. El hombre más viejo del bar fue el único que habló con claridad.
—Esa casa no está defendida, muchacha. Está callada.
—¿Y qué pasa si deja de estarlo?
El hombre dejó dinero sobre la mesa.
—No le abras la puerta a nadie que diga venir de la casa.
Luego salió. No volvió a entrar mientras yo estuve en el pueblo.
El libro de propiedad guardaba una rutina de más de cien años: cada primera madrugada de noviembre, los dueños anotaban la renovación de los cuatro resguardos. Cuatro firmas, una por nicho. En 1918 no había firmas. Solo una advertencia escrita en el margen: No abrir la puerta a nadie esa noche, aunque diga venir de la casa.
Busqué la historia de aquella familia. En los registros parroquiales, el apellido desaparecía entre un año y el siguiente. No había ventas ni entierros. Los libros simplemente continuaban con otros nombres.
La última semana de octubre, mientras fotografiaba el amuleto de madera, noté que estaba partido. La grieta recorría su centro. Al tocarlo, una astilla se desprendió y cayó al suelo. Me preocupó que la constructora retirara el objeto durante la reforma, así que lo guardé para documentarlo. Dentro de la casa encontré una pieza de madera parecida, envuelta en lino. Supuse que era un repuesto antiguo y la puse en el nicho.
No era igual: esta no tenía marcas ni estaba pulida. Aun así, encajaba.
Apenas cerré la losa, el ruido de pasos que llevaba días oyendo alrededor de la casa se detuvo.
Fue un silencio completo. No el de una casa vacía, sino el que queda cuando alguien deja de respirar en la misma habitación.
Esa noche no pude dormir. A las dos, escuché tres golpes en la columna del bosque. A las dos y diez, otros tres en la que miraba al río. Esperé a que el siguiente sonido llegara desde el camino. En cambio, los golpes sonaron en la pared detrás de mi cama.
Me levanté y miré por la ventana. Había una figura al pie de la loma. No distinguí su rostro, pero vi que llevaba algo colgando de una mano, algo que golpeaba contra su pierna al caminar.
La figura levantó la cabeza.
En ese mismo instante, apareció reflejada en el vidrio detrás de mí.
Me giré. El cuarto estaba vacío.
Cuando volví a mirar la ventana, la figura seguía afuera. Ya no estaba al pie de la loma. Estaba en el jardín, junto a la columna de madera.
Corrí a la sala y miré por las otras ventanas. La misma figura aparecía en todas: inmóvil, de frente al vidrio, aunque las ventanas daban a lados distintos de la casa. En una se veía la loma detrás; en otra, el río. Sin embargo, la figura no cambiaba de lugar ni de postura. En todas las ventanas me miraba desde el otro lado.
Entonces llamó a la puerta principal.
No golpeó. Dijo mi nombre.
Lo había leído en la etiqueta de mi maleta, junto a la entrada.
—Vengo de la casa —dijo con mi voz.
Me aparté de la puerta. Un segundo después, la misma voz habló desde la pared del dormitorio.
—Vengo de la casa.
Corrí hacia la sala de trabajo y busqué el teléfono. No había señal. Encendí la radio portátil; solo salió estática. Al otro lado de la casa, el pomo de la puerta principal empezó a girar. Yo había echado el cerrojo.
En el libro de propiedad, junto a la nota de 1918, encontré una hoja que no había visto antes. No era un documento antiguo. La tinta estaba fresca. Cuatro firmas rodeaban una frase escrita con una letra pequeña y vacilante:
No contestar. Si contesta, aprende cuál puerta es la suya.
El pomo se detuvo.
Desde la cocina llegó un golpe. Después otro. Algo caminaba por el interior de la casa, pasando de una habitación a otra. En cada cuarto se detenía frente a la puerta, como si estuviera comprobando cuál de todas yo había cerrado.
Saqué la pieza original de madera de mi bolsa. Todavía conservaba la grieta y la astilla desprendida. Recordé que la nueva había encajado sin esfuerzo. La vieja, en cambio, había quedado trabada en la losa, como si el nicho no quisiera soltarla. Quizá no era un repuesto. Quizá las marcas y el desgaste eran lo que la hacía servir.
Para devolverla tenía que salir.
La puerta principal seguía cerrada, pero la del lavadero daba a la parte trasera de la casa. Salí con el amuleto en el puño. El frío me golpeó la cara. Las cuatro columnas parecían más altas a oscuras; las losas de sus nichos reflejaban una luz pálida que no venía de la luna.
La figura estaba al otro lado del jardín. Ya no llevaba nada en la mano.
—No la abras —dijo con mi voz.
El amuleto se calentó dentro de mi puño. Miré la columna del camino. El nicho estaba abierto. La pieza nueva y lisa yacía en el barro.
Eché a correr.
La figura no corrió detrás de mí. Cuando miré, seguía inmóvil. Pero cada vez que volvía la vista hacia el nicho, la distancia entre nosotros era menor. Primero estaba junto a la loma; después, al borde del jardín; luego, detrás de la columna del río.
Llegué a la esquina de la casa y levanté la losa. El nicho estaba tibio. Coloqué dentro el amuleto original, pero la grieta no permitió que encajara. La figura apareció frente a mí, al otro lado de la columna. No hizo ruido al llegar. Su rostro seguía sin poder distinguirse, pero ahora veía lo que llevaba en la mano: la pieza lisa que yo había puesto en el nicho.
Me la tendió.
—Es la correcta —dijo con la voz de mi madre.
La reconocí. Era una grabación vieja, una frase que mi madre repetía cuando me iba de niña a dormir a casa de una amiga. Sentí el impulso de contestar, de decirle que no podía ser ella, que llevaba años muerta. La figura inclinó la cabeza, esperando.
En el cuenco del amuleto de barro, en la columna de enfrente, la cera se agrietó.
No tenía tiempo.
Apreté la madera rota contra el fondo del nicho. La astilla entró en la grieta como una cuña. Empujé hasta que la pieza quedó fija y cerré la losa.
La figura abrió la boca.
No salió una voz. Salió el sonido de cuatro golpes, uno tras otro, como si alguien golpeara desde dentro de cada columna. La casa respondió con un crujido profundo. Las luces se apagaron. Durante unos segundos no vi nada.
Cuando regresaron, la figura había desaparecido.
El ruido de la casa volvió poco a poco: las vigas, las tuberías, el viento bajo las tejas. Me quedé en el jardín hasta que el cielo empezó a aclarar. A las siete llegaron dos trabajadores de la reforma. Les dije que había encontrado un problema estructural y que debían esperar la evaluación. No era verdad, pero conseguí que se fueran.
Entregué mi informe dos días después. Escribí que las columnas y los nichos debían conservarse. Adjunté las fotos de los amuletos y la nota de 1918. No mencioné a la figura ni las voces. No quería que alguien decidiera que la solución era quitar las losas y vaciar los nichos.
Pensé que la había detenido. Me equivoqué.
Anoche, de vuelta en mi departamento, oí tres golpes en la pared junto a mi cama. Luego tres más en la ventana. El último llegó desde la puerta del armario.
No he abierto ninguna puerta. Tampoco he respondido cuando he oído mi nombre.
Esta mañana encontré una raya de barro en el suelo, junto a la entrada. La marca iba desde el umbral hasta mi dormitorio. Al final había una astilla de madera de olivo.
La misma que dejé encajada en el amuleto.
