La colección

Una mujer con gafas trabaja en una muñeca antigua en un taller, rodeada de vitrinas llenas de muñecas
Una mujer con gafas trabaja en una muñeca antigua en un taller, rodeada de vitrinas llenas de muñecas

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La muñeca número nueve tenía mi pelo antes de tener mi cara.

Lo descubrí meses después de recibirla, cuando una hebra larga y oscura quedó atrapada en la costura torcida de su mejilla. La saqué con cuidado y la dejé sobre la mesa. Pensé que podía venir de cualquiera de las muñecas de la vitrina, o de mi propio cepillo. No le di importancia. Para entonces ya había aprendido a encontrar explicaciones pequeñas para las cosas que prefería no mirar de frente.

La nueve había pertenecido a mi tía. Me la dejó junto con una caja de documentos sin ordenar. Era una muñeca de trapo, pequeña y descolorida, con el rostro cosido a mano y un punto irregular cerca del pómulo, donde alguien había descosido y vuelto a coser. Pesaba más de lo que parecía. La primera vez que la sostuve, sentí que cargaba a un bebé dormido.

Yo tenía otras cuarenta y una muñecas, todas registradas en un cuaderno: número, procedencia, materiales, precio. De la nueve solo pude anotar: Herencia. Origen desconocido. Peso anómalo.

La dejé sentada en la vitrina, entre una muñeca de Oaxaca y otra que había comprado años atrás en un mercado de pulgas. Mi tía siempre la había tenido sentada. En el primer sueño que tuve con ella, me dijo que no la acostara nunca.

—¿Por qué? —le pregunté.

Mi tía miró hacia la muñeca, no hacia mí.

—Porque todavía está esperando.

Desperté con esa respuesta rondándome la cabeza. La caja de documentos seguía cerrada bajo la cama. Los sueños continuaron. Mi tía me indicó dónde encontrar unas fotografías que creíamos perdidas, qué cajón de la casa de mi madre escondía una llave y a quién debía llamar para recuperar un álbum familiar. Siempre eran detalles pequeños, pero comprobables. Empecé a esperar esos sueños con una curiosidad que se parecía demasiado al agradecimiento.

La muñeca seguía sentada en el centro de la vitrina.

En las ferias, algunos vendedores la miraban más de la cuenta. Una mujer con anillos en todos los dedos me la devolvió después de examinarle la cara.

—No la toques tanto, coleccionista. Va a acabar pareciéndose a ti.

Me reí. La mujer mantuvo los ojos fijos en la muñeca.

Después de aquello empecé a comprar piezas distintas. No las más hermosas ni las más antiguas, sino las que parecían encajar con algo que yo no alcanzaba a ver. Una tenía las manos remendadas con hilo rojo; otra, la espalda ancha y rígida de una figura ceremonial. Una mujer del puesto doce me regaló una muñeca sin boca y me pidió que no volviera a preguntarle por su origen.

La vitrina se llenó. Cada vez que acomodaba las muñecas, la nueve terminaba en el centro.

Yo no recordaba haberla puesto allí.

Un invierno enfermé. El médico lo llamó gripe, pero la fiebre no terminaba de subir ni de bajar. Me despertaba agotada, con la mano derecha entumecida y los dedos cerrados como si hubiera pasado la noche apretando una aguja. Se me empezó a caer el pelo. Encontraba hebras en la almohada, en la ducha y sobre las páginas del cuaderno donde llevaba el inventario.

En esos mismos días, la muñeca comenzó a parecerme distinta. No podía decir qué había cambiado. La tela seguía descolorida y el vestido, gastado. Pero la cabeza parecía inclinarse hacia la puerta de mi habitación cuando yo entraba. Una tarde la encontré acostada sobre la repisa.

La recogí de inmediato.

—Te dije que no la acostaras —me había advertido mi tía en otro sueño.

La senté en su lugar. Esa noche soñé que ella estaba detrás de mí, guiándome las manos mientras cosía. No veía lo que cosíamos. Solo oía la aguja entrar y salir de la tela, una y otra vez. Al despertar tenía el pulgar marcado por dos pequeños puntos oscuros. No había sangre. Parecían pinchazos viejos.

Decidí catalogar la colección completa. Extendí las muñecas sobre la mesa, encendí la lámpara y fui cotejando cada ficha. Cuando llegué a la nueve, encontré dentro del vestido un papel doblado que no había visto antes. La letra era la de mi tía:

No es un retrato. Es un destino. No la acuestes hasta que termine.

Leí la nota varias veces. Después volví a mirar la costura de la mejilla. El punto torcido no era un remiendo. La puntada formaba una letra. Bajo ella asomaban otras, cosidas tan juntas que parecían una simple línea oscura.

La caja de documentos seguía bajo la cama. La vacié sobre el suelo y encontré un cuaderno de mi tía, cubierto de listas. Había fechas, números y descripciones de muñecas. Junto a cada una aparecían palabras sueltas: pelo, voz, manos, memoria. Algunas estaban tachadas. Otras llevaban al lado el número nueve.

Al final, en la última página, estaba escrito mi nombre.

Debajo, con la misma letra apretada, una frase:

Cuando tenga el pelo, podrá tener el rostro.

Sentí una punzada en el pulgar. Lo miré bajo la luz. En el centro de la yema había un hilo fino, oscuro, que parecía hundirse bajo la piel. Tiré de él. No se movió. La muñeca estaba a menos de un metro, sentada frente a mí. En su mejilla, la hebra que había encontrado meses atrás seguía atrapada en la costura.

La puse dentro de una caja de zapatos y cerré la tapa. Luego até la caja con cinta y la guardé en el armario. Esa noche soñé con mi tía, pero no me habló. Se quedó junto a la vitrina vacía, con una aguja entre los dedos.

Al despertar, la muñeca estaba sentada en la silla frente a mi cama.

La caja seguía cerrada dentro del armario. La cinta no se había soltado.

No volví a intentar esconderla. Me dije que era el cansancio, la fiebre, una noche mal dormida. Pero empecé a dormir con la luz encendida, y cada mañana encontraba más pelo sobre la almohada. El hilo del pulgar se alargaba poco a poco. No podía arrancarlo; apenas podía sentirlo.

La última noche me senté a escribir esto. La fiebre había cedido, pero todo el cuerpo me pesaba. La muñeca estaba en la mesa, frente a mí, y por primera vez entendí por qué mi tía nunca la acostaba: la nueve no esperaba que la vistieran. Esperaba que alguien terminara de hacerla.

La aguja apareció junto al cuaderno. No recuerdo haberla sacado de la caja de costura. Tenía ensartado un mechón de mi pelo.

Quise levantarme, pero las piernas no respondieron a la primera. Me apoyé en la mesa. La muñeca no se movió. Aun así, tenía la impresión de que su cara estaba más cerca.

El hilo de mi pulgar se tensó.

No sentí dolor. Sentí una presión suave, como cuando una manga queda demasiado ajustada. La hebra avanzó bajo la piel y el entumecimiento me subió por la mano. Los dedos se me cerraron alrededor de la aguja. Intenté abrirlos, pero se mantuvieron juntos, rígidos, mientras el hilo pasaba entre ellos como si alguien estuviera cosiéndolos desde dentro.

La muñeca giró la cabeza.

Esta vez no pude convencerme de que lo había imaginado. La tela de su vestido crujió al acomodarse. Sus brazos, antes sueltos, quedaron apoyados sobre el regazo.

Retrocedí y tropecé con la silla. El aire de la habitación se volvió espeso. Quise gritar, pero mi voz salió como un roce áspero, casi inaudible. Al mirar la mano, vi que la piel había perdido color. Una línea de puntadas diminutas me cruzaba la palma, prolija y oscura. No había herida abierta. Solo hilo, como si la mano siempre hubiese estado hecha de tela y yo acabara de notarlo.

La aguja cayó al suelo. Yo me agaché a recogerla, pero mi cuerpo no se dobló. Mis rodillas no cedieron. Me quedé de pie, tiesa, sintiendo que el peso de mis brazos tiraba de mis hombros y que cada movimiento tardaba un poco más que el anterior.

La muñeca tenía mi pelo en la cabeza. Reconocí el mechón largo, la pequeña onda cerca de la punta que nunca conseguía alisar. En su mejilla, la costura torcida empezaba a dibujar algo parecido a mi perfil. No mi reflejo exacto: una versión simple, de trapo, con los rasgos que una persona recuerda de sí misma cuando deja de mirarse.

Quise correr a la puerta. Di un paso. Después otro. El piso crujió bajo mis pies, pero el sonido llegó tarde, como si viniera de otra habitación. La puerta estaba al fondo del pasillo. Cada vez que intentaba alcanzarla, la vitrina aparecía más cerca.

Cuando llegué a la mesa, la muñeca ya no estaba sentada allí.

Yo ocupaba su lugar.

No hubo un instante en que pudiera decir: aquí terminó mi cuerpo y empezó la tela. La fiebre, el entumecimiento y el cansancio se habían ido cerrando alrededor de mí durante semanas. Entonces la silla dejó de quedarme pequeña; la mesa, de quedarme alta. El vestido áspero me rozaba las piernas. El pelo me cubría la frente.

Intenté mover los dedos. Una mano de trapo descansaba sobre mi falda. En la palma, el hilo oscuro formaba una costura nueva.

Todavía podía pensar. Todavía recordaba mi casa, las ferias, los nombres en el cuaderno. También recordaba las veces que cargué a la muñeca y la encontré más pesada de lo normal. Ya entendía por qué: no estaba llena de algodón. Estaba esperando que yo ocupara el espacio que faltaba.

La vitrina se encontraba frente a mí. A través del vidrio vi las otras muñecas, colocadas en sus lugares. Cuarenta y una figuras rodeando el espacio vacío que yo había dejado.

Alguien llamó a la puerta del departamento. Oí pasos en el pasillo y una voz que preguntó si había alguien en casa. Quise responder, pero mis labios eran dos puntadas. La mano no se levantó. La puerta de la habitación permaneció cerrada.

Los pasos se alejaron.

Ahora sé por qué mi tía me decía que no la acostara. La número nueve debía permanecer sentada hasta que llegara su dueña.

Yo soy la número nueve.

Escribí estas páginas antes de que terminara el hilo. Las doblé y las escondí bajo la falda, donde nadie mira al revisar una muñeca. Si me encuentras en una feria o dentro de una caja de cosas heredadas, fíjate en la costura de mi mejilla. No intentes descoserla. Cuenta las puntadas.

Si reconoces una letra, no la leas en voz alta.

Y no me acuestes.