El hombre del traje gris subió en la parada cinco a las dos y cuarenta y tres.
No vi abrirse la puerta.
Un segundo antes, el asiento del fondo estaba vacío. Al siguiente, había un hombre allí, con un maletín negro sobre las rodillas. Lo observé por el espejo y pensé que me había distraído mientras subía el panadero. Después revisé la cámara interior: la grabación mostraba al panadero pasando la tarjeta, la puerta cerrándose y, en el mismo instante, al hombre del traje apareciendo sentado.
Reproduje el video seis veces. Nunca lo vi caminar por el pasillo.
Conduzco el Búho, el último autobús de la ciudad. Sale de la terminal a las dos de la mañana, cruza dieciocho paradas y termina en una cochera junto a la ruta vieja. Los pasajeros son casi siempre los mismos: enfermeras que vuelven del hospital, obreros que empiezan turno, empleados de limpieza que duermen con los ojos abiertos. A esa hora nadie quiere conversar. Yo tampoco.
Acepté la línea nocturna porque me faltaban unos meses para jubilarme. Mi esposa decía que era una locura cambiar de horario al final de mi carrera. Le contesté que prefería trabajar de noche y tener las tardes libres con ella. Murió antes de que empezara el primer turno. Desde entonces, el Búho me ofrecía algo que mi casa ya no tenía: una tarea con principio y final.
La empresa me dejó una habitación en la cochera. Dormía allí después de cada recorrido y regresaba a la terminal al anochecer. No recuerdo cuándo dejé de ir a mi departamento. Un día me di cuenta de que llevaba semanas sin abrir el correo, pero la idea de volver me produjo un cansancio que no pude explicar.
Los otros conductores evitaban hablar del Búho. Ramírez, que había llevado esa línea antes que yo, sólo me dio un consejo:
—No cuentes a los pasajeros.
Me reí. Los conductores contamos pasajeros incluso cuando soñamos.
Aquella noche del traje gris conté quince. Lo hice al pasar frente al espejo del techo: cuatro adelante, seis en el centro, cinco atrás. El hombre del maletín estaba entre los cinco del fondo. Al llegar a la cochera bajaron catorce personas. Lo sabía porque las vi una por una en el espejo exterior.
Cuando apagué el motor, el hombre seguía en el último asiento.
—Señor. Terminamos el recorrido.
No se movió.
Subí los escalones del pasillo. A medio camino parpadeó la luz interior. Cuando volvió a encenderse, el asiento estaba vacío.
No había escuchado abrirse ninguna puerta.
***
Volvió la noche siguiente.
Parada cinco. Dos y cuarenta y tres. El panadero subió con una bolsa de harina en el hombro, validó su tarjeta y se sentó junto a la ventanilla. Detrás de él apareció el hombre del traje, sin atravesar el pasillo.
Esta vez detuve el autobús.
—¿Usted de dónde salió?
El panadero levantó la cabeza.
—¿Yo?
—No, el señor del fondo.
El panadero miró hacia atrás. Su expresión pasó de la curiosidad a la molestia.
—Ahí no hay nadie.
Miré el espejo. El hombre del traje seguía sentado. Tenía las manos apoyadas sobre el maletín, como si estuviera esperando que yo terminara una conversación incómoda.
Continué el recorrido.
En la cochera, antes de apagar el motor, conté de nuevo. Quince pasajeros habían viajado. Catorce descendieron. El decimoquinto permanecía en el fondo. Cuando me volví para enfrentarlo, desapareció.
Al rendir la caja encontré dos monedas antiguas, retiradas de circulación hacía años. Valían exactamente lo que costaba un boleto cuando yo empecé a trabajar. No había aceptado monedas aquella noche; todos los pasajeros habían pagado con tarjeta.
Las dejé en un vaso de papel.
A la mañana siguiente había otras dos.
Durante ocho noches junté dieciséis monedas. Cada madrugada aparecían después de que el hombre subiera. Cada madrugada los registros electrónicos seguían mostrando quince pasajes.
Intenté cambiar el conteo. En la terminal dejé entrar a dieciséis personas. Una mujer se bajó dos paradas después porque había olvidado su bolso. La noche siguiente salí con catorce. En la parada tres subieron dos hombres que no habían esperado nunca allí. Llegué a la cochera con quince en ambos casos.
La noche que decidí no abrir en la parada cinco, el panadero me hizo señas desde la acera. Seguí de largo. Lo vi golpear la puerta con la palma, indignado.
A las dos y cuarenta y tres, el hombre del traje apareció en el espejo.
La caja tintineó.
Me volví tan bruscamente que el autobús rozó el cordón. Una pasajera gritó. Frené, pedí disculpas y miré al fondo.
El hombre no tenía la cara oculta. Era una cara corriente, pálida por la luz fluorescente, con una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda. Pero había algo en su expresión que me impidió sostenerle la mirada. No parecía amenazarme. Parecía reconocerme.
Aquella noche, por primera vez, soñé con una curva.
El parabrisas se llenaba de niebla. Yo giraba el volante hacia la derecha y encontraba un guardarraíl donde debía haber carretera. Oía un vidrio romperse y una voz que gritaba desde afuera:
—¡Cuidado!
Desperté en el dormitorio de la cochera con un dolor antiguo en el hombro derecho.
***
Pedí los informes de accidentes de la línea. El encargado de archivos me dijo que necesitaba autorización de gerencia. Cuando le describí la curva, dejó de mirar el formulario.
—¿La del hito? —preguntó.
—La curva antes de la cochera.
—No debería ir a buscar eso.
Era una respuesta extraña de un hombre que vivía rodeado de papeles. Le pedí que me mostrara el expediente de todos modos.
El accidente ocurrió en julio de 2022, a las dos y cincuenta y siete de la madrugada. Un autobús del Búho había volcado en la curva que separaba la ruta vieja de la entrada a la cochera. Había niebla. Cinco pasajeros sufrieron heridas leves. Un sexto fue declarado desaparecido. El conductor abandonó la empresa poco después.
La fotografía del vehículo me hizo sentir náuseas. La ventanilla derecha estaba reventada y el espejo exterior colgaba de un cable. Había una marca larga sobre la carrocería, a la altura de la puerta delantera.
—¿Qué le pasó al conductor? —pregunté.
—Renunció.
—¿Está vivo?
El encargado cerró la carpeta.
—Eso dice el registro.
No tenía su fotografía. Su nombre estaba tachado con tinta azul.
Busqué al pasajero desaparecido. La ficha del seguro incluía una dirección, una profesión y una foto pequeña. Trabajaba en una oficina del centro. Viajaba con un maletín negro. Había salido de su trabajo más tarde de lo habitual y tomó el Búho en la parada cinco.
El nombre era el mío.
La foto también.
Me quedé mirándola hasta que las letras dejaron de parecer letras.
—Hay un error —dije.
El encargado no se acercó.
—Eso dijeron la primera vez.
No recuerdo haber salido del archivo. Me encontré en la calle, bajo el sol, con el expediente doblado dentro del abrigo. La luz me lastimaba los ojos. Había olvidado que la ciudad tenía tanto ruido durante el día.
Yo había trabajado en una oficina antes de conducir autobuses. Lo recordaba vagamente: el ascensor que tardaba en llegar, la corbata floja al final de la jornada, las reuniones que siempre se alargaban. Pero no podía recordar el último día allí. En mi cabeza, una vida se interrumpía y empezaba otra sin que hubiera un puente entre ambas.
Llamé al número que figuraba en la ficha.
Una mujer contestó después de varios tonos.
—¿Hola?
Reconocí su voz. Era mi esposa.
Tuve que apoyar la espalda contra la pared.
—Clara.
Hubo un silencio largo.
—¿Quién habla?
—Soy yo.
Escuché cómo alguien cerraba una puerta al otro lado de la línea.
—No vuelva a llamar —dijo.
—Clara, escúchame.
—Mi marido desapareció hace cuatro años.
No supe qué contestar.
—El teléfono de él se perdió aquella noche —continuó—. Si encontró su número en algún papel, entréguelo a la policía.
La llamada terminó.
Me quedé con el aparato pegado a la oreja, escuchando un tono que no había cambiado en cuatro años.
Clara estaba viva.
La mujer a la que yo recordaba enterrando era otra persona. O quizá nunca había existido aquel entierro. Pensé en las tardes que supuestamente había pasado solo en mi departamento y no pude recuperar una sola imagen completa. Sólo la habitación de la cochera, la sábana gris y el ruido del motor enfriándose al amanecer.
Volví al expediente. En el reverso de la fotografía, alguien había escrito a lápiz:
«El conductor regresó. El pasajero no».
***
Esa noche me presenté en la terminal una hora antes. Ramírez estaba sentado en el vestuario, leyendo un diario viejo. Se quedó inmóvil cuando me vio con el expediente.
—Sabías lo del accidente.
Dejó el diario.
—Sí.
—¿Sabías que yo era el pasajero?
No respondió.
—¿Quién conducía?
Ramírez me miró con una tristeza que me hizo sentir más miedo que cualquier explicación.
—Un hombre que se detuvo a ayudar.
Le pedí que repitiera la frase.
—El autobús se salió de la curva. El chofer había conseguido salir por una ventana, pero volvió a entrar cuando escuchó que faltaba alguien. Lo encontraron horas después, sentado al volante. No sabía cómo había llegado allí. Dijo que tenía que terminar el recorrido.
—¿Y el pasajero?
—Nunca apareció.
—Pero yo estoy aquí.
Ramírez bajó los ojos.
—Eso es lo que te estoy diciendo.
Me senté frente a él. Recordé el sueño de la curva, la voz que gritaba desde afuera, el dolor en el hombro. Recordé haber detenido un automóvil junto a la ruta. Había niebla y un autobús volcado sobre el guardarraíl. Corrí hacia la puerta delantera porque alguien golpeaba el vidrio desde adentro. Metí el brazo por la abertura. Sentí un tirón brutal.
Después, el volante bajo mis manos.
—Yo no era el conductor —susurré.
—No al principio.
—¿Quién era?
Ramírez dobló el diario con mucho cuidado.
—No lo sabemos. Cada vez que se abre un expediente, el nombre cambia. Siempre figura el del último que se quedó con el volante.
Miré las manos que llevaba tantos años usando para conducir. Recordé los nudillos lastimados de aquella noche, el frío de la chapa, una voz que me pedía que no soltara la puerta.
—¿Por qué hay un hombre con mi cara en el autobús?
—Porque todavía hay alguien que no ha llegado a casa.
—¿Y por qué tiene mi cara?
—No lo sé.
Era la primera respuesta de Ramírez que le creí por completo.
***
Salí de la terminal a las dos en punto. La ciudad estaba húmeda después de una lluvia corta. Subieron las enfermeras, el panadero, un muchacho que dormía con la mochila entre los pies. A las dos y cuarenta y tres apareció el hombre del traje gris en el último asiento.
No intenté hablarle hasta que bajó el panadero.
—Sé quién eres —dije, mirando el espejo.
El hombre levantó la cabeza.
—Yo también —contestó.
Su voz era la mía, pero sin el cansancio que yo escuchaba cuando dejaba mensajes de voz.
—Clara está viva.
No se movió.
—La llamé hoy.
El maletín se deslizó apenas sobre sus rodillas. Por primera vez vi que le temblaban las manos.
—¿Sigue en el mismo departamento? —preguntó.
Asentí.
—¿Y tú? —dijo—. ¿Dónde vives?
Pensé en el dormitorio de la cochera. En la ropa que nunca necesitaba lavar. En el cajón donde las monedas se acumulaban sin que yo recordara haberlas guardado. Pensé en el departamento que creía haber compartido con una esposa muerta.
—No lo sé.
El hombre bajó los ojos.
—Yo tampoco.
Llegamos a la curva a las dos y cincuenta y seis.
Había niebla. No mucha, apenas una franja que flotaba sobre el pavimento, pero reconocí el olor del asfalto mojado y la silueta torcida del guardarraíl. El hombre del traje se puso de pie.
Frené antes de la curva.
Los pasajeros protestaron. Una enfermera preguntó si había un problema mecánico. No la escuché. El hombre caminaba hacia mí por el pasillo. A cada paso, el autobús parecía llenarse de un sonido que venía de otra noche: el chirrido de los frenos, el golpe de una ventanilla, un grito cortado.
Se detuvo a mi lado.
De cerca tenía mi cara de antes. La que aparecía en la ficha del seguro. La que Clara había conocido.
—No sé cómo bajar —dijo.
Miré la puerta delantera. La abrí.
Del otro lado no estaba la banquina. Vi la cabina de un automóvil detenido bajo la lluvia, con las luces de emergencia encendidas. En el asiento del conductor había una chaqueta que reconocí. La había usado el invierno de 2022.
—Ése es tu coche —dijo el hombre.
Entonces recordé que la noche del accidente yo volvía de la oficina. El Búho había volcado delante de mí. Me detuve, corrí a ayudar y escuché a alguien atrapado cerca del volante. Al intentar sacarlo, una mano me agarró del brazo. No había visto a quién pertenecía.
El hombre del traje me miró como si esperara que terminara un pensamiento.
—Si tú eres el que se detuvo —pregunté—, ¿quién soy yo?
—El que no pudo salir.
Detrás de nosotros, los pasajeros guardaban silencio. Los conté por reflejo: catorce. El hombre del traje era el decimoquinto.
Comprendí por qué siempre llegaban quince a la cochera. La ruta no podía devolver al último pasajero mientras alguien siguiera conduciendo en su lugar.
—Toma el volante —le dije.
El hombre miró la cabina.
—No sé manejar un autobús.
—Yo tampoco sabía.
Me levanté. El asiento estaba tibio. El hombre dejó el maletín en el suelo y se sentó donde yo había estado. Se acomodó las manos sobre el volante con la inseguridad de alguien que empieza un trabajo que nunca pidió.
No me agradeció nada. Yo tampoco le pedí perdón.
Caminé hacia la puerta abierta. Al pasar junto al espejo vi, por última vez, mi cara en el asiento del conductor: un hombre de traje gris, demasiado joven para el cansancio que llevaba en los ojos.
Puse un pie en el primer escalón.
El olor a lluvia cambió. Ya no era el asfalto de la curva, sino el de una calle que conocía. Al otro lado de la puerta estaba la entrada del edificio donde Clara y yo habíamos vivido. Había una luz encendida en el tercer piso.
Me quedé allí, incapaz de avanzar.
—¿Y tú? —pregunté, volviéndome hacia el conductor—. ¿Qué va a pasar contigo?
Él miró el reloj del tablero. Marcaba las dos y cincuenta y siete.
—Tengo que terminar el recorrido.
La puerta comenzó a cerrarse.
Salté a la acera.
El Búho arrancó despacio. Vi al hombre inclinarse sobre el volante y tomar la curva sin tocar el guardarraíl. Los pasajeros siguieron sentados, con los ojos fijos en las ventanillas, como si no hubieran presenciado nada extraño.
Cuando las luces traseras desaparecieron, saqué el teléfono. En la pantalla había diecisiete llamadas perdidas de Clara, todas con fecha de julio de 2022.
Subí los escalones del edificio sin saber qué iba a decirle. Al llegar al tercer piso escuché que alguien se movía detrás de la puerta.
Levanté la mano para llamar.
Antes de que tocara la madera, una voz de mujer preguntó desde adentro:
—¿Quién es?
Abrí la boca.
Había esperado cuatro años para contestar esa pregunta.
—Soy yo —dije.
Al otro lado, la cerradura empezó a girar.
