La cuota de la calle del hambre

Una larga fila de personas espera de noche en una calle mojada frente a un puesto de comida callejero
Una larga fila de personas espera de noche en una calle mojada frente a un puesto de comida callejero

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La noche que vendí setenta y tres perros calientes con mercancía para cuarenta, nadie se quejó de que le faltara dinero. Al amanecer, tampoco quedaba nadie en la calle.

Llevaba doce años trabajando allí. Sabía cuántos panes cargaba, cuántas salchichas quedaban en la nevera del carrito y cuánto debía guardar para comprar gas. En ese oficio, si uno no cuenta, no come. Por eso me inquietó más la cuenta que el hombre de la gorra: había servido setenta y tres órdenes, pero nunca vi bajar la bolsa de las cuarenta salchichas que había llevado.

La gente llamaba a aquel tramo la calle del hambre por los puestos abiertos hasta tarde. Los vendedores viejos sabíamos que el nombre venía de otra cosa.

Cada noche, antes de recoger, había que dejar una salchicha dentro de un pan, un refresco cerrado y el platito descubierto sobre el mostrador. Sin rezos ni ceremonia. La cuota, decía Doña Refugio, que vendía tamales frente a la funeraria. Una noche le pregunté a quién se le pagaba.

—A la calle —respondió—. Y no la tapes.

Me reí. Ella no. Después de eso no volví a preguntar.

Durante diez años pagué sin falta. Hasta que el negocio empezó a ir mal y las cuentas dejaron de cerrar. Ya no me alcanzaba. Tres noches seguidas guardé la salchicha de la cuota en la nevera. La cuarta fue la mejor noche de mi vida.

Desde medianoche llegó gente que no conocía. Pedían con una calma extraña: doble salchicha, doble queso, extra de todo. Pagaban con billetes limpios y no reclamaban el cambio. A las dos, una pareja ocupó la mesa plegable. A las tres, un hombre se quedó de pie junto al poste. A las cuatro, ya no veía el final de la fila.

No recordaba haber preparado tanta comida. Tampoco recordaba que se hubiera acabado.

Cuando el último cliente se fue, conté la caja. Luego la mercancía. Setenta y tres ventas. Cuarenta salchichas. Cuarenta panes. Ninguna reposición, ningún viaje a la bodega. La parrilla seguía caliente, aunque yo había cerrado el gas.

El hombre de la gorra permanecía frente al carrito. No había pedido nada. Se inclinó sobre la plancha y olió el metal con una atención que me revolvió el estómago.

Yo sabía qué debía hacer: preparar la cuota, dejarla descubierta y marcharme sin mirar atrás. Pero llevaba toda la noche trabajando para pagar una deuda, y en la caja tenía dinero de sobra. Me dio rabia que la calle volviera a cobrarme.

—Hoy no —dije.

El hombre levantó la cabeza. Bajo la visera no había rostro, solo una sombra hundida donde tendría que haberlo. Aun así, cuando habló, reconocí la voz de Doña Refugio:

—No es para mí, mijo. Es para que no te sirvan a ti.

Entonces la fila avanzó un paso. Todos a la vez. Nadie habló. El sonido de sus zapatos sobre el pavimento pareció una sola pisada larga.

Cerré la caja de golpe, bajé la persiana del carrito y corrí hacia mi camioneta. No llegué a abrir la puerta. Escuché mi nombre desde el otro lado de la calle.

Era mi hermana Elena.

Había muerto hacía seis años. En vida, nunca había pisado aquel barrio. Su voz volvió a llamarme, esta vez desde detrás del carrito. Decía que me había guardado un lugar. Que no debía dejarla esperando otra vez.

La fila seguía inmóvil. Solo el hombre de la gorra se movía. Rodeó el carrito con lentitud, como si supiera que yo iba a mirar hacia donde sonara la voz.

Y miré.

Elena estaba sentada en la mesa plegable. Tenía el cabello recogido como el día de su entierro y las manos apoyadas sobre el mantel. Frente a ella había un plato vacío.

—Te guardé la última —dijo.

Sentí el impulso de cruzar. No porque creyera que era ella, sino porque una parte de mí llevaba años deseando escucharla una vez más. Esa parte dio un paso. La otra me sujetó del cinturón.

El hombre de la gorra ya estaba junto a mi camioneta. La sombra bajo su visera se había vuelto más profunda. En el parabrisas, mi reflejo permanecía quieto, mirando a Elena.

Yo estaba de espaldas a la mesa.

El reflejo sonrió.

Elena bajó la vista hacia el plato.

—Me dejaron aquí —dijo—. No quiero estar sola.

El hombre de la gorra no me bloqueó el paso. No hizo falta. La fila se abrió, dejando entre ella y yo un corredor despejado. Eso fue lo que me convenció: si la calle quería atraparme, ¿por qué me dejaba ir?

Corrí hacia mi hermana.

Al pisar el asfalto, escuché que alguien gritaba mi nombre desde el carrito. Mi propia voz. Me volví. El vendedor seguía allí, detrás del mostrador, con una mano levantada. La cara blanca de terror era la mía.

Entonces entendí el engaño, pero ya había cruzado la mitad de la calle.

El asfalto cedió bajo mis zapatos como una alfombra floja. Quise retroceder y el pavimento se estiró, alejando el carrito. Elena seguía sentada, sin moverse. Su rostro empezó a perder sus rasgos, como una fotografía mojada. Solo la voz permaneció intacta.

—Ya casi llegas.

La calle me tomó por los tobillos. No me hundí; fue peor. Sentí que me colocaban en un sitio preciso, como una pieza que encaja en una máquina. El hombre de la gorra apareció junto a la mesa. La sombra de su cuerpo se abrió y me cubrió.

Al otro lado, el vendedor dejó caer la persiana. Oyó golpes desde dentro del carrito y luego mi voz pidiéndole que no me dejara allí. No volvió a mirar.

A la mañana siguiente, la calle estaba vacía. El carrito seguía cerrado, con la caja intacta y el gas apagado. Sobre el mostrador encontraron el platito de la cuota: limpio, sin comida, sin monedas.

Doña Refugio tampoco volvió a aparecer. Su puesto quedó cerrado frente a la funeraria. Nadie supo dónde vivía. Nadie recordó cuándo dejó de ir.

El vendedor que sobrevivió a esa noche se llamaba Mateo. Vendió el carrito y se marchó del barrio. Nunca regresó. Pero algunos que pasan por la calle del hambre cuando ya cerraron los puestos dicen que hay un hombre detrás de una plancha apagada. No pide comida. No intenta salir.

Solo se inclina hacia los clientes y los llama por el nombre de alguien a quien han perdido.

La cuota sigue servida cada noche.

Y ahora, si alguien no la paga, soy yo quien sale a buscarlo.