La advertencia estaba escrita en el reverso del cartel de precios, donde ningún conductor podía verla.
NO TE DETENGAS AQUÍ.
La descubrí una madrugada, mientras limpiaba el vidrio del surtidor uno. Eran letras hechas con marcador negro, hundidas en la pintura por una mano que había apretado demasiado. Debajo, casi borrada, había otra frase: SI TE COBRA, NO LE PAGUES.
Miré hacia el local. La luz de la caja estaba encendida. En el cristal se reflejaba mi figura con el uniforme azul, la escoba en una mano y el trapo en la otra. No había nadie más.
Pensé que algún empleado anterior había dejado una broma. El dueño jamás me habló de otros empleados, pero tampoco le pregunté. En una estación de servicio que sólo recibe un cliente por noche, uno aprende a no hacer preguntas que obliguen a conversar.
Mi turno empezaba a las diez y terminaba a las seis. El local quedaba junto a la ruta vieja, donde el pavimento de la ciudad se volvía gris y desaparecía entre los campos. Los camioneros utilizaban la autopista nueva. A veces pasaba un automóvil sin detenerse, tan rápido que sólo alcanzaba a ver las luces traseras. El dueño llegaba antes del amanecer, recogía los papeles y se marchaba sin abrir la caja. Nunca parecía interesado en el dinero.
El único cliente llegaba a las dos y treinta y tres.
Era un camión de reparto, de carrocería antigua, con los faros amarillentos y una matrícula tan gastada que no conseguía leerla. El conductor llevaba una gorra oscura. Bajaba sin apuro, señalaba el primer surtidor y dejaba tres mil pesos sobre el mostrador.
—Exactos —decía.
Yo cargaba combustible. Cuarenta y tres litros, seis minutos. El surtidor se detenía solo, con un chasquido. El hombre volvía al camión y tomaba la ruta hacia el norte.
No hablábamos. Yo no necesitaba preguntarle cuánto quería y él no necesitaba esperar el cambio. Una relación de trabajo perfecta.
La primera noche después de encontrar la advertencia, me sorprendí mirando el cartel mientras el camión cargaba. ¿A quién le decía que no se detuviera? ¿Al conductor? ¿A mí?
Cuando regresé a la caja, los tres billetes seguían sobre el mostrador. Los guardé y anoté la venta.
2:33. $3.000. 43 L.
Al día siguiente encontré la misma línea escrita en la libreta. Y la misma en la página anterior. Pasé hojas hacia atrás: la anotación se repetía con mi letra apretada, idéntica incluso en la inclinación del tres.
No me alarmé hasta descubrir que la libreta había terminado tres años antes.
Busqué otra. En el armario del depósito había una caja de cartón llena de cuadernos, todos etiquetados por año. Luego otra caja. Y otra. El polvo me hizo estornudar. Abrí el cuaderno más antiguo, cuyo lomo estaba sujeto con cinta marrón.
En la primera página figuraba mi nombre, escrito como lo escribo todavía, junto a la fecha de mi contratación: 14 de marzo de 1989.
Yo tenía veinticinco años cuando empecé a trabajar allí.
Seguía teniendo veinticinco.
Me senté en el catre del almacén y traté de calcular cuánto tiempo llevaba en la estación. Recordaba la primera semana, el uniforme nuevo, el olor del diésel en las manos. Recordaba haber pensado que sería un trabajo provisional. Después venían noches sueltas, sin estaciones del año, sin cumpleaños. Si alguien me hubiera preguntado qué había hecho el verano anterior, no habría sabido responderle.
Encontré un espejo detrás de una puerta. El rostro que me devolvió era el de la fotografía del carnet que guardaba en la billetera. La misma barba rala, el mismo pequeño corte en la ceja izquierda. El documento había vencido décadas atrás.
Aquella noche no esperé el camión con la misma tranquilidad.
Llegó a las dos y treinta y tres. Bajó, señaló el surtidor y puso los billetes sobre la caja. Le miré las manos. Eran grandes, con manchas oscuras junto a las uñas.
—¿Hace mucho que pasa por aquí? —pregunté.
El hombre levantó los ojos hacia mí. No distinguí su cara debajo de la visera.
—Exactos.
—Le pregunto si hace mucho que viene.
Señaló el surtidor una vez más.
Pude negarme. Tenía la manguera en la mano y el motor del camión seguía encendido. En lugar de hacerlo, empecé a cargar.
Cuarenta y tres litros. Seis minutos. El chasquido.
Cuando se fue, revisé el cajón de la caja. Estaba vacío.
Yo había guardado el dinero. Recordaba haber contado tres billetes, haberlos alisado con el pulgar, haberlos colocado debajo de la bandeja. Saqué el cajón entero. No había nada.
En el libro de ventas seguía anotado el pago.
La noche siguiente dejé los billetes sobre el mostrador y los fotografié con mi teléfono. La pantalla mostró la imagen, pero cuando abrí la galería sólo encontré una fotografía del mostrador vacío. El camión ya había desaparecido por la ruta.
Fui a hablar con el dueño.
Era un hombre de traje gris que llegaba a las cinco y cincuenta y cinco, siempre con el cabello peinado y las manos limpias. No recordaba haberlo visto entrar por la puerta principal; cuando me daba cuenta de que había llegado, ya estaba en el almacén revisando el inventario.
Le enseñé las libretas. Le mostré la fecha de 1989. Le pregunté qué edad tenía.
—La que figura en su contrato —contestó.
—¿Y cuánto tiempo llevo aquí?
Cerró el cuaderno.
—El necesario.
—Hay una advertencia detrás del cartel.
Me miró por primera vez.
—¿La leyó entera?
Le repetí las dos frases. Pareció aliviado, aunque no comprendí por qué.
—Entonces no la borre.
—¿Quién la escribió?
El dueño acomodó el cuaderno sobre la pila.
—No fue el primero que quiso dejar un aviso.
Le pedí que me explicara. En lugar de responder, señaló el teléfono rojo que colgaba junto a la caja. No tenía disco ni teclado. Jamás lo había oído sonar.
—Si llama —dijo—, atienda.
—¿Quién va a llamar?
—Alguien que está esperando.
Se marchó antes de las seis. Cuando salí detrás de él, la carretera estaba vacía. El sol todavía no había aparecido. Nunca me había detenido a pensar que jamás veía amanecer desde aquel lugar.
Empecé a revisar la estación como se revisa una casa después de descubrir que alguien entró mientras dormíamos.
El calendario de la oficina mostraba marzo de 1989. Lo cambié por uno que compré en la ciudad. A la noche siguiente había vuelto el antiguo. El frasco de café instantáneo conservaba la misma cantidad, aunque preparaba varias tazas por turno. Los otros surtidores marcaban precios actuales, pero el primero mantenía una tarifa de hacía décadas. En su pantalla, cuarenta y tres litros costaban tres mil pesos, como si la cifra fuera una orden y no una cuenta.
Busqué recibos de mantenimiento. No encontré ninguno. Busqué la factura de la línea del teléfono rojo. Tampoco.
En el depósito había una pila de periódicos envueltos en cuerda. Todos eran del 15 de marzo de 1989. Elegí uno y lo extendí sobre la caja. En la página de sucesos, debajo de una fotografía borrosa de la estación, leí:
«Asalto nocturno en estación de servicio. Un empleado de 25 años fue trasladado al hospital. Los delincuentes huyeron con tres mil pesos».
El texto decía que los servicios de emergencia habían trasladado al empleado a un hospital. No mencionaba su nombre.
Pero en la fotografía reconocí el cartel de precios, el surtidor uno y la puerta del almacén.
Reconocí también una mancha oscura junto a la caja.
Sentí un dolor punzante detrás de la oreja izquierda. Tuve que apoyar la mano en el mostrador. Por un segundo vi el techo desde el suelo: los tubos fluorescentes, una mosca atrapada dentro de una pantalla de plástico, el borde de un zapato. Oí una voz decirme que no me moviera. Después la visión se deshizo.
Me pasé los dedos por el pelo. Allí, bajo la piel, había una hendidura que no recordaba.
No abrí la estación a la noche siguiente. Al menos, eso me propuse. Cerré la puerta del almacén, me acosté vestido y puse el teléfono en silencio. Desperté con el sonido de un motor.
Eran las dos y treinta y tres. Estaba detrás de la caja. Llevaba la manguera del surtidor uno en la mano.
El conductor esperaba frente a mí.
—Exactos —dijo.
Sobre el mostrador había tres billetes.
No recordaba haber salido del catre.
Me negué a tocarlos. El hombre no insistió. Permaneció allí hasta que la pantalla del surtidor marcó cuarenta y tres litros, aunque yo no había presionado la palanca. Entonces tomó la manguera, la acomodó en su soporte y se marchó.
Al día siguiente apareció otra línea en la libreta, escrita con mi letra:
2:33. $3.000. 43 L.
Debajo, en tinta distinta, alguien había añadido: NO ES COMBUSTIBLE.
La letra no era mía. O eso quise creer.
Decidí seguir el camión.
Esperé con mi automóvil estacionado detrás del almacén. Cuando el conductor se fue, arranqué sin encender los faros. La ruta era recta. Él avanzaba a una velocidad ridícula, apenas diez kilómetros por hora, pero la distancia entre los dos no se reducía por más que acelerara.
Pasamos una señal oxidada. Después un árbol sin hojas. Después la misma señal oxidada y el mismo árbol sin hojas.
El reloj del tablero dejó de funcionar.
Más adelante, la carretera rodeaba una plaza diminuta con un monumento de piedra y volvía sobre sí misma. El camión se detuvo frente al monumento. Apagó las luces.
Bajé del auto y caminé hasta la cabina.
El conductor estaba sentado, inmóvil. Desde cerca pude ver que llevaba un uniforme gris, no una camisa de repartidor. En el pecho tenía una insignia de metal, demasiado vieja para leerla. Detrás de su asiento había una camilla plegable.
Me acerqué a la puerta del acompañante. El olor me alcanzó antes de mirar adentro: desinfectante, tela húmeda y un rastro metálico, como de monedas viejas.
Sobre el suelo de la cabina había una manta blanca con una mancha antigua, extendida a la altura de donde iría una cabeza.
El conductor no se volvió.
Recordé unas manos sujetándome los hombros. Recordé el movimiento del vehículo bajo la espalda. Recordé una voz que decía «Ya casi llegamos», una y otra vez, aunque nunca parecía acercarse el hospital.
Cuando levanté la vista, el camión ya no estaba.
Regresé a la estación. No sé cuánto tardé. En el tablero de mi automóvil seguían siendo las dos y treinta y nueve. La caja estaba abierta, la luz del almacén encendida y los tres mil pesos faltaban otra vez.
El teléfono rojo sonó.
Una vez. Dos. Tres.
Levanté el auricular. No escuché respiración ni interferencias. Sólo una voz que parecía hablar desde una habitación contigua.
—Gracias por cubrir el turno —dijo—. Mañana volvemos al día uno.
—¿Quién es?
La línea quedó muda.
Miré la libreta abierta. La fecha era 14 de marzo de 1989.
Esta vez recordé el asalto.
Dos hombres entraron cuando yo estaba contando el dinero. Uno se quedó junto a la puerta. El otro exigió los tres mil pesos de la caja. Me negué, no porque fuera valiente, sino porque tenía veinticinco años y creía que bastaba con obedecer las reglas para que el mundo fuera justo. Intenté alcanzar el teléfono de la pared. El hombre me golpeó detrás de la oreja.
Caí de espaldas.
El dinero desapareció de la caja.
Después llegaron las luces de un vehículo de auxilio. Alguien me levantó con cuidado. Yo quería decirles que faltaban tres mil pesos y que el dueño iba a descontármelos del sueldo. Traté de incorporarme para cerrar el cajón. Una mano me sostuvo contra la camilla.
—Quédese quieto. Ya casi llegamos.
No llegamos.
Me quedé junto a la caja hasta que apareció el dueño. Esta vez lo esperaba.
—Estoy muerto —le dije.
No fingió sorpresa.
—Hace mucho.
—¿Por qué sigo aquí?
Miró el cajón abierto.
—Porque sigue faltando dinero.
—No lo robé yo.
—Lo sé.
—Entonces cierre usted la caja.
El dueño retrocedió un paso, como si le hubiera pedido que metiera la mano en el fuego.
—No puedo.
Le pregunté quién conducía el camión.
—El que vino a buscarlo aquella noche.
—¿Por qué vuelve?
—Porque usted nunca termina de subir.
Quise preguntarle qué significaba, pero el hombre ya se dirigía al almacén. Antes de entrar se detuvo.
—Hay cosas que sólo puede hacer el que está detrás de la caja.
Lo odié por aquella respuesta. También odié el modo en que parecía tener sentido.
Pasé el resto de la noche sentado frente a los billetes que no estaban. Recordé la advertencia en el cartel. No te detengas aquí. Si te cobra, no le pagues. Comprendí que no iba dirigida a mí. Alguien había intentado avisar a los conductores de que aquella estación no vendía combustible. Cobraba otra cosa: una noche, una espera, un lugar que ocupar detrás de la caja.
El dueño nunca me había dicho de dónde venía el próximo empleado.
Al llegar las dos y treinta y tres, el camión frenó frente al surtidor uno. El conductor bajó, dejó los tres mil pesos y esperó.
—Exactos —dijo.
Miré el dinero. Lo había contado aquella noche de 1989, antes de que entraran los ladrones. Los billetes estaban sujetos por la misma gomita, amarilla y reseca. Uno tenía una esquina doblada. Otro conservaba una mancha de café que yo mismo había dejado sobre el mostrador.
No los guardé en el cajón de ventas.
Los puse en el compartimento de abajo, donde faltaban desde hacía treinta y cinco años.
La caja emitió un chasquido.
El visor mostró una sola línea:
TURNO CERRADO.
El conductor retiró la mano del mostrador. Por primera vez vi su cara: era un hombre cansado, con ojeras profundas y una cicatriz blanca junto a la boca. Tenía el aspecto de quien lleva demasiado tiempo cumpliendo una tarea sin saber cuándo podrá volver a casa.
—¿Me lleva? —pregunté.
Asintió.
Antes de salir, fui hasta el cartel de precios. La advertencia seguía allí. Pensé en borrarla. Si el turno había terminado, quizá ya no hacía falta.
Pero alguien la había escrito antes que yo.
Saqué un marcador del cajón y repasé las letras hasta que quedaron negras y visibles. Después agregué una tercera frase, debajo de las otras dos:
NO ACEPTES EL TURNO.
Colgué las llaves. Dejé el uniforme doblado sobre la silla y subí a la cabina.
El camión avanzó hacia el norte. Pasamos el árbol seco y la señal oxidada. Esta vez no volvieron a aparecer. En el horizonte había una claridad que nunca había visto desde la estación. Me dolieron los ojos. El conductor bajó un poco la visera, pero no redujo la velocidad.
Cuando llegamos al monumento, el cielo empezó a iluminarse.
No supe si aquella luz era un amanecer o el reflejo de otra cosa. Tampoco me importó. Apoyé la cabeza en el respaldo y, por primera vez desde que podía recordar, cerré los ojos sin pensar en la caja.
Entonces sonó el teléfono rojo.
Lo oí a través de los kilómetros, con una nitidez imposible. Tres campanadas. Una pausa. El roce de un auricular al levantarse.
Una voz joven contestó desde la estación:
—Buenas noches. ¿En qué puedo ayudarlo?
Y otra voz, muy parecida a la mía, respondió:
—¿Ya leyó lo que dice detrás del cartel?
