Mi hijo desapareció en un potrero rodeado por trescientas reses, y ninguna lo estaba mirando a él. Todas me miraban a mí. Fue eso, más que el silencio o que la figura que vi después, lo que me hizo comprender que el centro del potrero nunca había estado vacío.
Para explicar cómo llegué hasta ahí tengo que hablar primero de la tierra, porque en mi familia la tierra siempre ocupó el lugar de las cosas que no se decían.
El rancho fue de mi abuelo, después de mi padre y al final mío. No era grande, ni de lejos comparable con las haciendas de la región, pero alcanzaba para sostener ganado, sembrar algo de maíz en los años buenos y criar una familia sin deberle demasiado a nadie. Mi padre solía decir que una tierra empieza a conocerte cuando has enterrado suficientes cosas en ella: animales, herramientas, árboles, parientes. Yo oía esa frase como se oyen las supersticiones de los viejos, con respeto y sin atención, igual que uno oye la lluvia sobre un techo que no gotea.
Mi hijo Tomás sostenía que yo me estaba convirtiendo en él. «Cada año te pareces más al abuelo», me dijo una tarde mientras reparábamos un bebedero. Le contesté que ojalá. «No era un cumplido», respondió, y siguió apretando la tuerca sin mirarme.
Tenía veintisiete años y llevaba casi seis viviendo en la ciudad. Había estudiado agronomía, trabajaba para una empresa de riego y hablaba del campo con palabras que mi padre no habría reconocido, aunque habría entendido muy bien lo que querían decir. Cuando volvía al rancho discutíamos por casi todo: los pozos, el pastoreo, cuántas cabezas podía soportar el terreno, la conveniencia de vender una parte antes de que una mala temporada nos obligara a vender el resto. Yo lo escuchaba, de verdad, y después hacía lo que ya había decidido hacer. Creo que los dos conocíamos esa costumbre y que a cada uno le dolía de una manera distinta.
Había un único sitio del que nunca discutíamos, porque ninguno de los dos le prestaba atención. El potrero del fondo quedaba más allá del galpón viejo, entre una hilera de eucaliptos al norte y un alambrado al sur que mi abuelo había tendido antes de que yo naciera. Era buen terreno, con una sola particularidad: hacia el centro había un círculo de unos veinte metros donde la hierba crecía de otra manera. No muerta; distinta, más baja y más oscura, como una mancha de humedad en una pared seca. De niño pregunté qué había allí, y mi padre respondió que nada. Cuando insistí me mandó a reparar una cerca. Aprendí entonces algo que tardaría décadas en saber nombrar: que en las familias también existen lugares alrededor de los cuales uno construye un alambrado.
Durante años no ocurrió nada digno de contarse. Las vacas pastaban alrededor, los caballos cruzaban el potrero de lado a lado, y de vez en cuando, tras una lluvia fuerte, el centro quedaba seco mientras todo lo demás era barro, o al revés, en los veranos malos, el círculo seguía verde cuando el campo entero se había vuelto paja. Lo miraba como se mira un lunar que uno conoce de siempre. Nunca me pareció importante.
Hasta la sequía.
Empezó con un invierno corto y siguió con una primavera sin agua. En diciembre los arroyos eran líneas de piedras blancas y el ganado levantaba polvo a cada paso, un polvo fino que se pegaba a los ojos y al paladar y que olía a cosa cerrada. Los vecinos vendían animales antes de que perdieran peso. Tomás vino un fin de semana, y recorrimos el rancho juntos bajo un sol que parecía haberse quedado clavado en el mismo punto del cielo.
—Tienes demasiadas cabezas —me dijo.
—Ya vendí cuarenta.
—Vende más.
—Si vendo más, cuando llueva tardaré años en recuperar el rodeo.
Se agachó y tomó un puñado de tierra, que se deshizo entre sus dedos sin ofrecer ninguna resistencia.
—Y si no llueve, no vas a tener rodeo que recuperar.
No supe qué decirle, de modo que seguimos caminando hasta el potrero del fondo. La tierra estaba tan seca como en el resto del rancho, con una excepción: en el centro, la hierba no era amarillenta ni mezquina, era verde de primavera, de ese verde húmedo y casi indecente que uno ve en los potreros después de abril. Tomás se quedó mirándola un buen rato.
—¿Hay una filtración?
—Nunca hubo agua ahí. Mi abuelo cavó medio rancho buscándola.
—Tu abuelo no tenía un georradar.
Sonreí, y Tomás se acercó al círculo. Las vacas que pastaban cerca levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si alguien las hubiera llamado por su nombre.
—No entres —dije.
—¿Por qué?
No lo sabía. Nadie me había prohibido jamás entrar, o al menos no lo recordaba, y sin embargo las palabras habían salido de mi boca con la seguridad de una orden antigua.
—Vas a espantarlas.
Pero no parecían asustadas. Nos observaban con una atención tranquila, casi paciente. Cuando Tomás dio un paso hacia el círculo, una vaca mugió, y después otra, con un sonido bajo y largo que no era de alarma sino de advertencia, el que usa una madre cuando un extraño se acerca demasiado a su cría. Tomás retrocedió. Las vacas volvieron a pastar como si nada hubiera sucedido.
Nos reímos de aquello camino a la casa, y esa risa me alcanzó hasta la cena. Fue ya de noche, con los platos en el fregadero, cuando recordé algo que llevaba treinta años sin visitarme. Yo tendría doce, y mi padre y yo habíamos salido a buscar un ternero extraviado. Lo encontramos cerca del centro del potrero, plantado en la hierba, negándose a avanzar. Mi padre no intentó empujarlo hacia el círculo para sacarlo por el otro lado, como habría hecho cualquiera. Dio toda la vuelta, despacio, y yo caminé detrás sin entender.
—¿Por qué rodeamos? —le pregunté.
—Porque podemos —dijo.
Fue todo lo que dijo. Pensé en contárselo a Tomás por la mañana, y no lo hice; a la luz del día me pareció ridículo.
Una semana más tarde, al ir a revisar el potrero, encontré quince vacas formando un círculo alrededor de aquella zona. No pastaban. Estaban quietas, separadas por distancias casi iguales, con los cuerpos orientados hacia el centro, como los invitados de una ceremonia que nadie ha anunciado. Pensé que habría una serpiente, o un animal muerto, y me acerqué con el palo en la mano. No había nada. La hierba verde se movía apenas con el viento, y ese era todo el espectáculo.
Al pasar entre dos de las vacas, ambas giraron la cabeza hacia mí. Las demás las imitaron una a una, con un movimiento lento que recorrió el círculo entero, y entonces comprendí que quince pares de ojos grandes y oscuros no estaban mirando el centro. Me estaban mirando a mí. Retrocedí sin decidirlo, y en cuanto salí de entre ellas volvieron a bajar la cabeza hacia la hierba, satisfechas, o aliviadas.
Aquello se repitió durante días. Unas veces eran diez, otras treinta. Nunca las vi llegar ni marcharse: simplemente aparecían alrededor del círculo y se quedaban horas, y cuando volvía a mirar ya no estaban.
Lo extraño, lo que me costó admitir como extraño, fue que el ganado empezó a mejorar. Mientras el de mis vecinos se consumía, el mío conservaba el peso y el pelo brillante. Comía menos forraje, bebía menos agua, las vacas preñadas no abortaban y los terneros apenas enfermaban. El veterinario dijo que había tenido suerte, y yo quise creerle con tanta fuerza que lo habría creído aunque me hubiera dicho cualquier otra cosa. Empecé a pasar más animales al potrero del fondo.
Tomás lo notó en cuanto llegó la siguiente vez.
—No sabes por qué están mejor.
—Precisamente por eso los puse allí.
—Papá, estás aprovechando algo que ni siquiera entiendes.
—Estoy usando un potrero.
—No. Estás usando otra cosa.
Me molestó, quizá porque yo ya lo había pensado y esperaba que él no lo dijera en voz alta. Cuando los vecinos empezaron a preguntarme qué suplemento daba, les conté que había cambiado la mezcla mineral. No quería que nadie entrara en aquel potrero. No sabría decir cuándo empecé a pensar en esa tierra como en algo que había que esconder.
Un mes después, alguien intentó robarme ganado. Encontré el alambre cortado junto al camino viejo, y marcas de neumáticos que entraban en la propiedad y seguían el borde del potrero durante unos cien metros. Allí terminaban. No giraban, no retrocedían, no había huellas de salida: la camioneta, simplemente, dejaba de haber pasado. A veinte metros del círculo encontré una linterna encendida sobre la tierra seca. Del hombre que la llevaba no quedaba rastro. La policía dijo que seguramente se había marchado a pie, y no discutí, aunque tampoco había pisadas.
Esa noche dormí mejor que en meses. Todavía me cuesta confesarlo. Alguien había entrado a robarme, algo había ocurrido, y una parte de mí, la más antigua y más práctica, pensó con claridad: bien.
Dos días después encontré una vaca fuera del alambrado, la 218, una hembra vieja que llevaba años en el rancho. La cerca estaba intacta y no había manera de explicar cómo había salido. Tenía en el costado una marca que no era una herida: el pelo había cambiado de dirección dibujando un círculo casi perfecto, como si algo la hubiera acariciado a contrapelo. La llevé al corral y le puse agua. Por la mañana había desaparecido. La encontré en el potrero del fondo, en el centro del círculo, sobre la hierba verde, rodeada por las demás, inmóvil.
Era la primera vez que veía un animal dentro. Me acerqué hasta quedar a unos pasos y le dije «vamos» como se lo digo a todas, con la misma voz de siempre, que me sonó extranjera. No se movió. Agité los brazos, y nada. Entonces levantó la cabeza, y en su ojo derecho, grande y húmedo y oscuro como un pozo, vi mi propio reflejo, pequeño y deformado.
Detrás de mí había alguien.
Me volví. No había nadie. El potrero se extendía hasta los eucaliptos, vacío, quieto, caliente. Volví a mirar el ojo de la vaca y la figura seguía allí, alta, demasiado delgada, sin un rostro que yo pudiera distinguir. La vaca salió del círculo por su propio pie y se fue a pastar con las otras, y la marca del costado se borró en tres días.
No se lo conté a Tomás. Tampoco que desde entonces, algunas noches, veía a esa figura de pie en el potrero. Nunca de frente: en el espejo lateral de la camioneta, en el cristal oscuro de la cocina, en el agua del bebedero donde se acumulaba la luna. Siempre cerca del centro, siempre inmóvil, y siempre con la impresión, imposible de demostrar, de que miraba hacia la casa.
Tomás regresó a finales de febrero. La sequía llevaba casi siete meses y venía decidido a convencerme de vender la parcela del este a una empresa que había hecho una oferta razonable. Lo dijo en el patio, con las manos en los bolsillos, como quien ensaya.
—No vendo.
—No puedes seguir así.
—Estoy pagando las cuentas.
—Este año.
—Con eso me basta.
Miró hacia el potrero, y luego a mí.
—¿No te parece raro que sean las únicas vacas de la región que no pierden peso?
—Me parece afortunado.
—Tú no crees que sea suerte. ¿Qué pasó?
—Nada que puedas arreglar con una planilla.
Terminamos gritándonos. Tomás dijo que el rancho me estaba consumiendo, y yo dije que era fácil opinar para quien había decidido irse. Lo vi quedarse quieto, y supe enseguida que había ido demasiado lejos, y también que ya no tenía manera de retirarlo.
—Yo no me fui de ti.
—No dije eso.
—Lo dices cada vez que hablamos de vender.
Entró a la casa y cerró la puerta sin dar un portazo, lo cual fue peor. No cenamos juntos. A la mañana siguiente encontré una nota sobre la mesa, escrita con su letra apretada de ingeniero: «Voy al potrero. Quiero ver qué estás protegiendo».
Corrí. No recuerdo haber cruzado el patio. Lo que recuerdo es el ganado, cientos de animales dispuestos alrededor del círculo en anillos que se espesaban hacia el centro, sin que ninguno pastara ni mugiera, con un silencio tan denso que parecía una cosa pesada colgando del aire. Tomás estaba en el medio, de espaldas.
Lo llamé. No se volvió. Entré al potrero, y las vacas giraron la cabeza, todas, con aquel movimiento lento que ya conocía, y no miraban a mi hijo. Me miraban a mí. Avancé entre sus cuerpos tibios y ninguna se apartó. Cuanto más me acercaba al centro, más pesado se volvía el paso, como si caminara contra una corriente que nadie más podía ver; nada me sujetaba, pero el pecho me pesaba y el aire sabía a tierra.
—Tomás.
Habló sin volverse, con la voz de quien se asoma a algo muy hondo.
—Ahora lo veo. Siempre estuvo aquí. No estaba cuidando a las vacas.
—¿Qué?
Se volvió por fin. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y no de miedo.
—Las estaba contando.
La figura estaba detrás de él, y esta vez no necesitaba un reflejo. Era alta y angosta, pero no tenía una forma estable: por momentos una persona cubierta de polvo, enseguida un poste, un árbol quemado, una sombra vertical bajo un sol que no proyectaba sombras. No distinguí rostro. Supe, de la misma forma en que uno sabe que lo llaman desde otra habitación, que me estaba mirando.
—Ven conmigo —le dije a mi hijo.
Tomás dio un paso, y la figura no se movió. Dio otro. Las vacas empezaron a mugir, una primero, luego diez, luego todas, un sonido grave y largo que hacía vibrar el aire y los dientes.
—No corras —dije, sin saber por qué lo decía.
Siguió avanzando hacia mí. La figura levantó un brazo, y las vacas cerraron el círculo con una suavidad horrible. No atacaron. Solo ocuparon el espacio, flanco contra flanco, hasta que mi hijo quedó al otro lado de una pared de cuerpos. Empujé a una, y otra ocupó su lugar.
Entonces recordé a mi padre dando la vuelta al círculo, cuando yo era niño, con su respuesta de una sola línea. Porque podemos. Nunca había sido una explicación. Era una regla, de esas que se transmiten sin entender, como se transmiten los apellidos y las deudas.
Miré el alambrado, la hierba, las reses. Durante meses había creído que aquello protegía a mi ganado; luego, que protegía la tierra. Ahora veía con una claridad que dolía que nunca había protegido nada. Era un límite, y yo había llevado casi todo lo que poseía hasta él, por mi propio pie, y había aceptado lo que me daba a cambio sin querer averiguar de dónde venía.
Entre dos vacas alcancé a ver a Tomás. La figura le había puesto una mano sobre el hombro, y mi hijo no parecía tener miedo. Eso fue lo que me hizo temblar.
—Papá —dijo, y su voz llegó clara a pesar de los mugidos—. Estás usando la tierra para esconderte.
Entendí de qué hablaba. No de la sequía, ni del ganado. De mi padre, de mi abuelo, de la idea de que vender una hectárea equivalía a traicionarlos; de todos los años en que había confundido conservar con amar. La figura inclinó la cabeza, como quien espera una respuesta que ya conoce.
Y supe qué tenía que hacer.
Corrí hacia la camioneta con los mugidos a la espalda y el grito de Tomás llamándome. No fui por un arma. Fui por las tenazas. Corté el primer alambre del potrero, y el segundo, y el tercero, y abrí la cerca. Las vacas no se movieron. Corrí hasta el poste siguiente y corté otra sección, y otra, hasta dejar una abertura de varios metros, y entonces subí a la camioneta, conduje hacia el rebaño y toqué la bocina con la palma abierta.
Los animales se agitaron. La figura se volvió hacia mí. Fue entonces cuando sentí miedo de verdad, y no era miedo a perder el ganado ni el rancho; era el miedo de que aquello decidiera que yo también pertenecía allí.
Aceleré. No embestí a las vacas: pasé junto a ellas haciendo ruido, obligándolas a romper la formación. Una salió, luego otra, luego cinco, y el círculo empezó a abrirse como una mano. La figura pareció estirarse; las sombras bajo las reses se alargaron hacia el centro. Tomás echó a correr. La figura extendió un brazo, una vaca se desplomó, y mi hijo tropezó.
Bajé de la camioneta y llegué hasta él. Al agarrarlo de la camisa sentí algo alrededor del tobillo, y no era una mano: era hierba. La hierba verde se había enrollado sobre mi bota, firme y fresca como un lazo. Tiré, y no cedió.
Tomás volvió sobre sus pasos.
—¡Déjala!
—¡Vete!
—¡Cállate!
Sacó la navaja y cortó la hierba. No salió savia. Salió polvo, un polvo fino y gris con olor a tierra cerrada, el mismo de diciembre.
Corrimos. Las vacas cruzaban la cerca abierta y se dispersaban hacia el camino y los potreros vecinos, y yo las veía irse mientras una parte de mí, la que hacía cuentas, seguía contando: cuántas perdería, cuánto costaría recuperarlas, cuántos años de trabajo salían por aquella abertura. Miré a Tomás, que respiraba con la boca abierta y la camisa rota, y dejé de contar.
Al cruzar el alambrado exterior, los mugidos cesaron. No disminuyeron: cesaron, como se corta un hilo. Nos volvimos. El potrero estaba vacío. No había vacas ni figura ni hierba verde, y el centro era una mancha de tierra seca igual a todas las demás.
—¿Dónde están? —preguntó Tomás.
No lo sabía.
Durante los días siguientes encontramos parte del ganado a kilómetros del rancho, en terrenos donde nadie entendía cómo podía haber entrado. Otras reses regresaron solas, mansas, como si volvieran de un paseo. Cuarenta y tres nunca aparecieron. La 218 estaba entre ellas.
Vendí el resto antes de que terminara el mes, y también la parcela del este. Tomás no me lo pidió; fui yo quien llamó a la empresa. Pagué las deudas y reduje el rancho a una extensión que podía sostener sin vivir pendiente de cada nube.
Llovió en abril. La primera tormenta duró casi toda la noche, y a la mañana siguiente caminé hasta el potrero del fondo. El agua había oscurecido la tierra y la hierba empezaba a levantarse en algunas zonas, tímida, verde y ordinaria. En el centro no crecía nada. Encontré a Tomás allí, fuera del antiguo círculo.
—Pensé que te habías ido.
—Esta tarde. ¿Tú crees que terminó?
Tardó en contestar.
—No sé si empezó con nosotros.
Pensé en mi padre, en mi abuelo, en aquella cerca anterior a mí. Recordé cada vez que mi padre había evitado cruzar el centro, o había movido el ganado sin darme explicaciones, y durante años había interpretado su silencio como ignorancia. Quizá era miedo. O era vergüenza, que a veces tiene la misma cara.
Antes de irse, Tomás me ayudó a retirar los postes del antiguo potrero. No reconstruimos la cerca. Ese detalle importa.
Durante meses creí que la figura vivía en el centro. Ahora pienso que me equivoqué: el centro solo era el lugar donde nosotros habíamos aceptado que existiera un límite. Hace poco encontré entre los papeles de mi abuelo una escritura vieja, y el plano del rancho no coincide con los alambrados que yo conocí de niño. En la zona del potrero hay un círculo dibujado a mano, sin nombre, con una anotación escrita con la letra de mi abuelo:
NO CERRAR.
No sé si se refería al círculo, a la tierra, o a lo que sucede cuando un hombre empieza a creer que puede poseer cualquiera de las dos.
Desde entonces dejé de llamar mío al rancho cuando hablo con Tomás. Parece una tontería. Pero algunas noches, cuando las vacas de un vecino empiezan a mugir todas a la vez, me despierto pensando en aquella mañana y en los cuarenta y tres animales que nunca encontramos. Y antes de volver a dormirme recuerdo siempre lo mismo: que la figura no intentó cruzar la cerca cuando la abrí.
Nosotros éramos quienes la habíamos construido alrededor de ella.
