El turno de abajo

Un maquinista trabaja en la sala de máquinas de un barco mientras pasajeros lo observan tras el cristal de la galería.
Un maquinista trabaja en la sala de máquinas de un barco mientras pasajeros lo observan tras el cristal de la galería.

Transparencia visual: Acerca de nuestras imágenes

En el Sol Marina había una hora que yo esperaba más que ninguna otra: las ocho de la mañana. No porque entonces comenzara algo extraordinario, sino porque a esa hora debía llegar mi relevo. Entregaría las novedades, firmaría el libro de guardia y subiría a mi camarote. Si el tiempo acompañaba, quizá saldría antes a cubierta para respirar un poco de aire fresco. Llevaba varios días prometiéndome hacerlo. Había olvidado cómo olía el mar cuando no pasaba primero por los filtros de ventilación.

Mi turno empezaba a medianoche. Al recibirlo, encontraba el mismo zumbido en las tuberías, la misma vibración bajo las botas y las mismas luces verdes alineadas sobre el tablero. La sala de máquinas de un crucero no permite distracciones. Hay que vigilar la presión del aceite, la temperatura de los cojinetes, el nivel de los tanques, las bombas y los generadores. Una variación pequeña puede anunciar una avería grande. Los pasajeros dormían arriba, detrás de las paredes tapizadas y las puertas de sus camarotes, mientras yo permanecía junto a un motor que hacía temblar hasta las costuras del uniforme.

El barco era inmenso: doce cubiertas, piscinas, restaurantes, un teatro y una galería acristalada desde la que los pasajeros podían contemplar las máquinas durante las visitas guiadas. Yo apenas conocía esos lugares por los planos. Había trabajado en otros buques, pero ninguno me había parecido tan cerrado como el Sol Marina. Aquí el aire olía a metal caliente, pintura vieja y combustible. A veces, cuando una junta rezumaba humedad, el olor salado se mezclaba con el del aceite y recordaba que el océano estaba al otro lado del casco.

En una de aquellas guardias me encontré mirando el reloj a las siete y cincuenta y nueve. Tenía las novedades preparadas. Había dejado la pluma sobre el libro abierto para que el siguiente maquinista pudiera firmar. A las ocho no apareció nadie. Supuse que el relevo se había retrasado y continué trabajando. Un poco después volví a mirar el reloj: marcaba las doce y diecisiete. No recordaba haber escuchado las campanadas de medianoche ni haber entregado el puesto. Pensé que el reloj se había detenido y que alguien lo había puesto de nuevo en hora.

No fue hasta varios días después cuando advertí algo peor. No recordaba el rostro del compañero que debía relevarme.

Intenté reconstruir mi última salida de la sala. Me vi subiendo la escalera de servicio con el libro de guardia bajo el brazo; después, la imagen se interrumpía. No sabía en qué cubierta estaba mi camarote. Recordaba que tenía uno, por supuesto. Recordaba una cama estrecha, un armario y una ventanilla redonda, pero cuando intentaba imaginar el trayecto hasta allí sólo aparecían los peldaños que conducían de nuevo a las máquinas. Me avergonzó aquella laguna. Pensé que era agotamiento, la clase de cansancio que borra las pequeñas rutinas antes de que uno advierta que está enfermo.

Decidí comprobarlo a la mañana siguiente. Dejé preparada una nota para el relevo y, cuando el reloj se acercó a las ocho, me senté frente a la puerta. Escuché pasos al otro lado, el chirrido de una bisagra y un murmullo de voces. Me levanté para recibir al compañero. Al abrir, el pasillo estaba vacío. Volví a la consola para llamar al puente, pero una alarma de temperatura me obligó a revisar un circuito de refrigeración. Cuando terminé, el reloj marcaba las doce y diecisiete.

La nota seguía donde la había dejado. La firma del relevo no aparecía en ninguna parte.

Me dije que debía descansar. Me lo dije con una convicción que no recordaba haber sentido nunca. Sin embargo, cuando intenté salir, escuché un cambio en el sonido del turbogenerador uno y regresé para comprobarlo. Después encontré un indicador fuera de escala. Más tarde fue una vibración extraña junto al eje. Siempre había una razón para quedarme cinco minutos más. Y al cabo de esos cinco minutos volvía a estar comenzando la guardia, con el mismo ruido de fondo y el libro abierto en una página nueva.

No había olvidado mi vida anterior. Conservaba la imagen de mi mujer riéndose sobre el borde de nuestra cama, un catálogo de casas abierto entre los dos. Queríamos una vivienda con ventanas grandes. Ella decía que, después de tantos meses embarcado, yo debía aprender a vivir en un lugar donde se viera el cielo. Recordaba también el momento en que prometí regresar al terminar el contrato. Lo que no conseguía recordar era la última vez que había visto su rostro sin la ayuda de aquella imagen.

Por eso empecé a escribir en el libro de guardia cosas que no pertenecían a ninguna inspección. «Buscar camarote». «Preguntar por relevo». «Subir a cubierta». Eran recordatorios ridículos para un hombre que conocía el barco mejor que muchos oficiales. A la mañana siguiente los encontraba escritos con mi letra y me sorprendía no recordar haberlos anotado. A veces había marcas de lápiz en el margen, como si otra mano hubiera intentado señalarme una frase importante. Nunca encontré otra caligrafía.

Las máquinas funcionaban perfectamente. Fue precisamente eso lo que comenzó a asustarme.

La siguiente anomalía estaba en los tanques de combustible. En una embarcación de este tamaño el consumo no es un asunto menor; hay que calcularlo, vigilarlo y prever con suficiente antelación las operaciones de abastecimiento. Los indicadores de los tanques diarios, sin embargo, marcaban siempre el cuarenta y ocho por ciento. Lo hacían al comenzar mi guardia y seguían marcándolo cuando entregaba el puesto. Al principio supuse que el combustible se transfería automáticamente desde los depósitos principales. Después pensé que el compañero del turno anterior se ocupaba de mantener el nivel. Eran explicaciones posibles. Me tranquilizaba que lo fueran.

Una madrugada coloqué una marca de lápiz junto a la aguja del indicador analógico. Quería comprobar cuánto descendía durante una hora de funcionamiento. La aguja no se movió. Me quedé dos horas observándola mientras la sala entera temblaba bajo la carga de los motores. A las cuatro revisé la pantalla digital: cuarenta y ocho por ciento. A las seis: cuarenta y ocho. Cuando llegó el relevo, oí que alguien caminaba detrás de mí y me volví para entregarle las novedades. El pasillo estaba vacío. No recuerdo haber firmado la salida aquella mañana, aunque en el libro aparece mi firma.

La segunda anomalía era el contador de horas. Había superado las doscientas diecinueve mil. Una cantidad de horas que correspondía a décadas de funcionamiento continuo, una cifra absurda para cualquier sistema que deba someterse a revisiones mayores y períodos de mantenimiento. Pensé que el contador se había averiado y conservaba una lectura antigua. En la siguiente guardia había avanzado ocho horas exactas. En la posterior, otras ocho. Una noche lo observé cambiar de dígito y sentí una satisfacción ridícula: por lo menos una cosa de aquel barco obedecía al tiempo.

Lo extraño era que no recordaba una sola parada técnica. Recordaba conversaciones sobre paradas, formularios para solicitar repuestos, órdenes de mantenimiento pegadas en la pared. Nunca recordaba el momento en que el ruido cesaba. Los maquinistas reconocemos el silencio de una sala de máquinas con la misma facilidad con que una madre reconoce la respiración de su hijo dormido. Es un silencio que altera el equilibrio del cuerpo. Yo llevaba tanto tiempo sin sentirlo.

La tercera anomalía tardó más en inquietarme porque estaba hecha de algo que nunca había visto. El Sol Marina no atracaba.

Tenía delante un itinerario de siete días, con cinco escalas. Escuchaba los anuncios del puente por los altavoces: la llegada a un puerto, el desembarco de los pasajeros, la hora prevista para zarpar. A veces oía música de cubierta, risas que descendían por los conductos de ventilación y el ruido de maletas arrastradas sobre un suelo muy lejano. Pero jamás había sentido la maniobra de aproximación a un muelle. Nunca el cambio de régimen de los motores, nunca el golpe sordo de las defensas contra el casco. No había una pausa en la vibración que distinguiera el mar abierto de una mañana de escala.

Lo atribuí a la costumbre. Si uno vive suficiente tiempo dentro de un sonido, termina por dejar de advertir sus variaciones. Ésa fue mi explicación, y la repetí cada vez que la duda regresaba.

Me pregunté cuándo había salido por última vez del barco. No pude situar una sola escala en mi memoria. Ni un muelle, ni una mañana de sol, ni el golpe de aire frío al abrir una escotilla. Era posible que llevara mucho tiempo embarcado, pero no podía calcular cuánto. Lo que más me inquietó fue descubrir que tampoco recordaba haberme hecho esa pregunta antes.

Al escribirlo ahora, la frase parece una confesión de encierro. En mi cabeza siempre había sonado como una muestra de disciplina. Otros maquinistas subían a cubierta durante sus descansos; yo prefería quedarme cerca de los equipos. El calor de la sala me resultaba agradable. Cuando tenía sueño, apoyaba la espalda contra la carcasa del turbogenerador uno y dejaba que la vibración me recorriera las costillas. Nadie debía dormir allí, por supuesto. Yo lo hacía durante unos minutos, convencido de que podría despertarme al menor cambio de tono.

No recordaba haber faltado a una guardia. Tampoco recordaba haber disfrutado de un día libre. Comencé a temer que aquellas dos cosas significaran exactamente lo mismo.

La Galería del Motor se encuentra detrás de un cristal grueso que separa las zonas de visita de la sala de máquinas. Durante el día los pasajeros pueden recorrerla acompañados por un oficial, escuchar una explicación sobre las turbinas y tomarse fotografías junto a un panel donde se describen las dimensiones del buque. La iluminación es tenue para que las máquinas destaquen al otro lado del vidrio. Por la noche la galería permanece cerrada.

Al menos eso decía el reglamento.

La primera vez que vi gente allí eran las tres de la madrugada. Había una pareja de ancianos tomada de la mano. Él llevaba un traje oscuro con los codos brillantes de tanto uso; ella, un vestido de flores pequeñas y zapatos que parecían incómodos. No miraban los paneles informativos. Observaban el turbogenerador uno con una atención silenciosa. Pensé que se trataba de dos pasajeros extraviados. Llamé por el intercomunicador al oficial de cubierta y le pedí que enviara a alguien.

—La galería está vacía —respondió después de consultar las cámaras.

Le dije que los tenía delante. Volvió a revisar y repitió que no veía a nadie. Mientras hablábamos, la pareja se alejó hacia popa, donde el pasillo terminaba en una puerta de mantenimiento que debía permanecer cerrada. Los vi atravesar la oscuridad y desaparecer sin escuchar que abrieran nada.

Aquella noche sentí frío por primera vez en la sala de máquinas.

No fue una corriente de aire. El termómetro continuaba marcando cuarenta y dos grados, pero el frío me alcanzó por debajo del cuello y se quedó allí, como si alguien hubiera apoyado una mano mojada en mi nuca. Revisé el sistema de ventilación y no encontré ninguna anomalía. Cuando me volví hacia el cristal, la galería estaba vacía y el frío había desaparecido.

Después comenzaron a venir más.

Un hombre con una camisa de manga corta y un sombrero de paja. Dos niñas que caminaban juntas, sin tocarse. Una mujer con un vestido de novia cuyo bajo parecía arrastrar polvo. Un camarero que aún llevaba una bandeja entre las manos. A veces se reunían en grupos pequeños. Otras noches ocupaban todo el pasillo, apretados unos contra otros, con la paciencia de quienes esperan su turno ante una ventanilla. Nunca golpeaban el vidrio. Nunca me hacían señas. Miraban las máquinas.

Me acostumbré a ellos porque no tenía otra cosa que hacer. Aprendí a distinguir a los que venían con frecuencia. La anciana del vestido floreado se quedaba siempre junto al panel de los generadores. Las niñas aparecían cerca de la puerta de popa y desaparecían antes que los demás. Un hombre con uniforme de ingeniero, anticuado incluso para mis recuerdos más viejos, permanecía apartado. Me observaba a mí en lugar de mirar los equipos.

Una madrugada conté tantas figuras que dejé de intentarlo. La galería estaba llena y había gente también en las escaleras. El cristal se había empañado por su lado. Comprendí entonces que el frío no procedía de la ventilación. Procedía de ellos. Se acercaban a una sala donde el aire ardía y permanecían inmóviles, como si aquella temperatura les ofreciera algo que no encontraban en el resto del barco.

La anciana del vestido floreado apoyó la palma contra el vidrio. Al otro lado quedó una marca blanca, demasiado pequeña para el tamaño de su mano. La marca desapareció en cuanto se retiró.

No me pidió que abriera.

Eso me tranquilizó durante mucho tiempo. Ahora creo que fue una de las formas más crueles de su cortesía.

En la consola del telégrafo de órdenes hay un sobre fijado con cinta aislante negra. Está allí desde mi primera guardia. Contiene una hoja escrita por el primer ingeniero, con una firma que siempre he considerado difícil de leer. La instrucción es breve: «MANTENER MÁQUINAS EN MARCHA HASTA LLEGADA A PUERTO. NO PARAR BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA».

No recordaba cuándo había empezado a obedecer aquella orden.

No sabía desde cuándo obedecía aquella orden. La había leído tantas veces que ya no reparaba en las palabras.

El telégrafo de órdenes permanecía en avante lento. Las luces del tablero indicaban que la orden venía del puente, pero nunca escuché al capitán pedir un cambio de régimen. Me limité a verificar que las máquinas respondieran. Una noche copié en una libreta las coordenadas de navegación. La siguiente guardia repetí el procedimiento. Habíamos avanzado apenas unas decenas de metros y el rumbo había cambiado casi hasta cerrar un círculo. La velocidad sobre el fondo figuraba como un nudo.

Era imposible conciliar esa lectura con la potencia que sentía bajo los pies.

Durante una semana anoté las posiciones. Los puntos dibujaban una curva cerrada alrededor de un centro que no podía identificar. En la pantalla el Sol Marina navegaba. En el libro de guardia, cada jornada concluía con una nueva anotación. Pero las coordenadas regresaban una y otra vez al mismo lugar, como si el barco no consiguiera abandonar un espacio muy pequeño.

Me decidí a inspeccionar el extremo de popa, donde el eje de transmisión desaparecía hacia el casco. No tenía una razón técnica que justificara la visita; los instrumentos no mostraban fallos. Tal vez buscaba una avería que pudiera arreglar con una herramienta y unas horas de trabajo. Bajé por una escalera estrecha, crucé un compartimento donde las tuberías rezumaban humedad y llegué al pañol de mantenimiento. La luz de emergencia alumbraba una brida de acople limpia, con los pernos alineados.

El eje giraba.

Lo seguí con la linterna hasta el extremo visible. Allí debía encontrarse el acoplamiento que transmitía el movimiento hacia la propulsión. Había una separación imposible, un espacio donde no se unía a nada. El eje giraba por sí solo y su movimiento no parecía arrastrar agua ni empujar una hélice. Me quedé observándolo hasta que el sonido de la sala empezó a confundirse con los latidos de mi corazón.

No era un motor que impulsara un barco.

Era un motor al que se le había ordenado seguir funcionando.

Al regresar encontré la galería llena. Las figuras estaban tan cerca del vidrio que apenas se distinguían unas de otras. El hombre del uniforme antiguo me esperaba junto a la escalera. Su ropa llevaba insignias que ya no utilizábamos y una mancha oscura bajo el bolsillo del pecho. Se apartó para dejarme pasar. Cuando lo miré de frente vi que tenía el rostro pálido, hinchado alrededor de los ojos, como el de alguien que hubiera permanecido demasiado tiempo en agua fría.

Me señaló la consola.

No dijo nada.

Subí los últimos escalones y encontré el sobre donde siempre había estado. La cinta negra se había desprendido por una esquina. Saqué la hoja. La tinta de la firma estaba corrida, pero debajo de ella distinguí la fecha.

Era de junio, de un año que no reconocí al principio.

Reconocí el mes y el día. No sabía todavía por qué me hicieron temblar las manos.

Esa noche la anciana del vestido de flores se acercó más que nunca al cristal. Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho. A su lado estaban las dos niñas, que ya no miraban las máquinas sino la luz que se filtraba por las rejillas del suelo. Una tenía los labios amoratados. La otra se frotaba las manos con tanta fuerza que pensé que se haría daño. Quise avisarles de que aquella galería no era un lugar seguro, pero al levantar el auricular advertí que no sabía a quién llamar. La línea del puente emitía un ruido de agua moviéndose dentro de un tubo.

Me acerqué al vidrio. La anciana levantó la cara y vi que le temblaba la mandíbula. No estaba enfadada ni parecía interesada en mí. Buscaba el calor que irradiaba el turbogenerador. Los demás se apretaban detrás de ella por la misma razón. El hombre del sombrero de paja mantenía los brazos alrededor de una mujer. Un camarero sostenía una bandeja contra el pecho como si fuera un escudo. Sus rostros tenían esa palidez que deja el frío cuando ha durado demasiado.

Miré el termómetro de la sala: cuarenta y dos grados. En la galería, el cristal se había empañado del lado de ellos. Apoyé la mano sobre el vidrio y sentí una frialdad tan profunda que la retiré de inmediato. La anciana colocó la suya frente a la marca que había dejado mi palma. La mantuvo allí, inmóvil, esperando que el calor la atravesara.

Entonces comprendí por qué venían.

No querían mirar las máquinas. No se habían perdido durante una visita guiada. Venían a calentarse.

La idea me produjo una compasión que enseguida se convirtió en vergüenza. Había pasado noches enteras irritado por aquellas presencias, deseando que me dejaran trabajar en paz. Ahora veía que sólo se acercaban al único lugar del barco donde todavía parecía haber calor. Quise abrirles la puerta. Busqué la llave del acceso a la galería y no la encontré. Al otro lado, la anciana retiró la mano, como si supiera que no podía ayudarla.

Detrás de las niñas apareció el hombre del uniforme antiguo. Se quedó al fondo, con el rostro hundido en la sombra, y señaló la consola donde estaba pegado el sobre. Volví a mirar la fecha de la orden. Una sensación conocida empezó a subir desde las piernas, como si un agua invisible me estuviera alcanzando los tobillos.

Había oído aquella voz antes. Había visto aquella mano sobre mi hombro. Y, de pronto, recordé el golpe.

Recordé el golpe.

No fue un ruido aislado, sino un cambio en la manera en que el barco se sostenía sobre el agua. Algo rozó el casco por estribor y lo hizo estremecerse. Después vino otro impacto, más profundo, seguido de un crujido que recorrió la estructura como si alguien estuviera doblando una enorme lámina de metal. Las alarmas comenzaron a sonar en distintos compartimentos. Corrí hacia el tablero de averías y vi encenderse las luces de inundación.

Yo era joven. Llevaba poco tiempo en aquel puesto y me sentía orgulloso de que me hubieran confiado una guardia de madrugada. Había prometido a mi mujer que, al terminar el contrato, regresaríamos a buscar la casa de las ventanas grandes. Recuerdo que pensé en ella mientras intentaba comprender por qué una bomba de achique no respondía. Fue un pensamiento breve, casi una molestia, porque en la sala todos gritaban órdenes y nadie tenía tiempo para imaginar el futuro.

El agua entró por un compartimento de popa. Al principio corría sobre las planchas del suelo, negra de aceite. Después empezó a cubrir los escalones. Una avería eléctrica produjo un fogonazo en los tableros y el humo bajó del techo con una rapidez que todavía puedo sentir en la garganta. Los ventiladores siguieron girando. Los motores continuaron funcionando porque la energía que alimentaba las bombas dependía de ellos. Cada vez que una luz de avería se encendía, yo buscaba una maniobra que pudiera mantener la presión.

El primer ingeniero llegó empapado, con la cara tiznada. Me puso una mano sobre el hombro y señaló el telégrafo de órdenes.

—Mantén las máquinas en marcha hasta que lleguemos a puerto.

Le dije que la sala se estaba inundando.

—Lo sé.

—Hay que salir.

Miró hacia la escalera. Detrás de la puerta estanca se escuchaban golpes y voces. Alguien intentaba abrir un acceso desde el otro lado.

—Si paramos ahora, se quedan sin energía arriba —dijo—. Las bombas, las luces, las comunicaciones. Aguanta un poco más.

No me habló como un superior que exige obediencia. Me habló como un hombre que acababa de calcular cuántas personas podían morir si nosotros abandonábamos el puesto. Yo asentí. Era joven, y todavía creía que toda orden difícil tenía un final al que uno podía llegar resistiendo lo suficiente.

El agua me alcanzó las rodillas. Después la cintura. Las luces parpadearon y el humo se mezcló con el vapor. Vi al primer ingeniero sujetarse de una tubería para no caer. Seguía gritando instrucciones, pero ya no podía distinguirlas. La puerta estanca se cerró al fondo del compartimento con un golpe que me hizo sentir el aire comprimirse en los pulmones.

La sala quedó aislada.

Recuerdo haber apoyado la mano sobre el regulador. El metal estaba caliente. El primer ingeniero gritó algo acerca de los botes y del tiempo que necesitaban. Después me puso otra vez la mano en el hombro.

—Aguanta. Ya casi. Aguanten, que ya estamos llegando.

El agua me alcanzó el pecho.

No hubo una última visión del cielo ni un pensamiento ordenado sobre mi vida. Sentí frío en las piernas y calor en la espalda. Quise recordar el rostro de mi mujer, pero lo que apareció fue el dibujo de una casa en el catálogo de una inmobiliaria. Un rectángulo luminoso donde yo había prometido que entraríamos juntos. Pensé que no podía morir antes de cumplirlo.

La última cosa que hice fue apretar el regulador para impedir que retrocediera.

La última cosa que recordaba era el metal del regulador bajo los dedos y el agua cubriéndome la boca. No había una escalera después de aquello. No había un rescate, un hospital ni un regreso a casa. Sólo un vacío que mi memoria había llenado con guardias, relojes y páginas escritas en un libro.

Abrí los ojos. Estaba sentado frente a la consola. El uniforme estaba seco. Las máquinas rugían con su sonido habitual y el combustible marcaba el cuarenta y ocho por ciento. A través del cristal vi a la anciana y a las niñas, quietas en el mismo lugar. El reloj indicaba las siete y cincuenta y siete.

Corrí al archivo de a bordo, un armario de metal que nunca había necesitado abrir. Encontré un informe sobre el hundimiento del Sol Marina y una noticia amarillenta, doblada en cuatro. El crucero había sufrido una avería grave en junio, veinticinco años atrás. Los botes de rescate habían alcanzado a recoger a una parte de los pasajeros. Muchos otros habían quedado atrapados. El barco se había hundido antes de llegar a puerto.

La noticia traía una fotografía tomada desde una embarcación de salvamento. El Sol Marina aparecía inclinado sobre el agua, rodeado de botes diminutos. Reconocí la zona ennegrecida de popa, justo encima de mi sala. Había una lista de desaparecidos. La leí buscando al primer ingeniero y encontré su nombre. Debajo estaba el mío.

Tuve que sentarme. La noticia se me dobló entre las manos. Durante un momento quise creer que se trataba de otro barco, de otro hombre que compartía mi nombre. Pero recordaba el agua. Recordaba cómo había subido por las escaleras, cómo había apagado una a una las voces y cómo el primer ingeniero me había pedido que aguantara. Habíamos mantenido las máquinas encendidas para que las bombas trabajaran unos minutos más, para que los pasillos conservaran la luz, para que alguien, en alguna cubierta, pudiera encontrar la salida.

Yo había creído que esos minutos nos llevarían a puerto.

Miré hacia la galería. La anciana seguía esperando junto al cristal. Una niña se había sentado en el suelo y apoyaba la cabeza contra la rodilla de la otra. Detrás de ellas había más rostros de los que podía contar. Todos llevaban el frío del agua encima. Todos habían estado allí desde aquella noche. Y yo, que había seguido trabajando para salvarlos, no había logrado sacarlos del barco.

El reloj marcaba las siete y cincuenta y ocho. Sentí la urgencia absurda de preparar las novedades para mi relevo. Las ocho estaban cerca; quizá esta vez alguien vendría. La esperanza me alcanzó antes de que pudiera impedirlo. Durante un segundo imaginé la puerta abierta, el pasillo iluminado, una escalera que subía hasta el aire libre.

Después miré el libro de guardia. Había páginas enteras cubiertas por mi letra. Algunas contenían sólo parámetros de operación. En otras aparecían frases que reconocí sin recordar haber escrito: «Buscar camarote». «Preguntar por relevo». «Subir a cubierta». En la última página había una anotación casi borrada por el roce de la mano: «No llegamos a puerto».

El reloj dio las siete y cincuenta y nueve.

No hice nada para detener las máquinas. Apreté el libro contra la consola y esperé. Pensé en mi mujer, en las ventanas de la casa que nunca compramos y en el primer ingeniero gritándome que resistiera un poco más. Al otro lado del vidrio, la anciana apoyó la palma contra la superficie helada. Le devolví el gesto.

El segundero avanzó.

Una alarma breve sonó detrás de mí. Me volví hacia el tablero y reconocí una variación en la presión del aceite. Era pequeña, pero debía comprobarla antes de entregar el turno. Me incliné sobre los instrumentos, anoté la lectura y giré una válvula apenas unos grados. La presión regresó al valor correcto. Sentí un alivio inmediato, casi profesional, como si hubiera conseguido evitar una desgracia.

Cuando levanté la vista, el reloj marcaba las doce y diecisiete.

El libro estaba abierto en una página nueva. Había olvidado por qué tenía la mano apoyada sobre él. Afuera, detrás del cristal de la galería, una pareja de ancianos contemplaba las máquinas. Me pregunté cómo habían entrado a esas horas, pero tenía demasiado trabajo para ocuparme de unos pasajeros extraviados.

Mi relevo debía llegar a las ocho. Cuando terminara la guardia, subiría a mi camarote. Quizá, antes de dormir, saldría un momento a cubierta para respirar aire fresco.

Hacía días que me prometía hacerlo.