Frecuencia muerta

Un locutor nocturno ante una consola analógica antigua, con micrófono, auriculares y la señal AL AIRE encendida.
Un locutor nocturno ante una consola analógica antigua, con micrófono, auriculares y la señal AL AIRE encendida.

Transparencia visual: Acerca de nuestras imágenes

En la emisora siempre decíamos que la madrugada tenía dos públicos: quienes necesitaban compañía y quienes no querían que nadie supiera que estaban despiertos. Durante mucho tiempo creí que yo pertenecía al primero. Me gustaba imaginar a los camioneros avanzando por la carretera costera, a los guardias de hospitales calentando café en vasos de plástico, a las mujeres que planchaban con una radio pequeña junto a la tabla. Nunca veía a esas personas, pero me bastaba saber que podían estar ahí. Una voz que llega a una cocina vacía tiene algo de visita, aunque nadie haya llamado a la puerta.

Mi programa se llamaba Frecuencia Abierta. Empezaba a las dos y terminaba a las seis, cuando los noticieros ocupaban la señal y la ciudad comenzaba a exigir otra clase de palabras. Yo ponía música, leía mensajes, recibía llamadas. No tenía un talento extraordinario; había aprendido a dejar silencios de la duración adecuada y a pronunciar los nombres de los oyentes como si los conociera. La gente que trabaja de noche desarrolla una cortesía particular. No pregunta demasiado por qué alguien sigue despierto.

La cabina estaba en el tercer piso de un edificio del centro, detrás de una puerta gruesa que cerraba con un golpe de goma. Conservábamos un micrófono de diafragma, una consola con dos canales que fallaban de manera caprichosa y un armario lleno de discos que la gerencia llevaba años prometiendo retirar. Del otro lado del cristal había un pasillo con dos macetas de helechos. Las luces fluorescentes hacían un zumbido que, después de cierta hora, parecía mezclarse con el de los equipos. A mí me gustaba aquella mezcla. Era el sonido de estar en un lugar donde todo tenía una función.

Mi esposa decía que yo quería más a la cabina que a nuestra casa. Lo decía medio en broma, mientras me ayudaba a preparar un termo antes del turno. Yo respondía que en la cabina nadie dejaba platos sucios en el fregadero. Ella se reía, y a veces me acompañaba hasta el automóvil para quedarse bajo la luz del porche mientras arrancaba. Durante años ésa fue nuestra despedida: una figura con una bata ligera, la mano levantada y la promesa de desayunar juntos cuando yo volviera.

No recuerdo cuándo dejó de acompañarme.

Hay lagunas que uno aprende a rodear sin mirarlas. Los turnos nocturnos alteran la memoria; un lunes puede confundirse con un jueves y un aniversario se pierde entre dos programas especiales. Si alguien me hubiera preguntado cuántos años llevaba al aire, habría respondido veinte. Ésa era la cifra que aparecía en el expediente de la emisora. Pero veinte años no se parecían, para mí, a veinte años vividos. Se parecían a una sola temporada prolongada, una sucesión de madrugadas en las que siempre llegaba con tiempo suficiente para preparar la primera canción.

A las tres en punto llamaba el mismo hombre.

Al principio pensé que era un oyente habitual. Hay personas que necesitan que las cosas ocurran a una hora fija: el primer café, el boletín del tiempo, una canción antes de salir a trabajar. La línea uno se iluminaba, yo contestaba y una voz masculina, algo velada por un silbido eléctrico, decía: «Pon la canción. Tú sabes cuál». Nunca daba su nombre. Si intentaba conversar, guardaba silencio hasta que yo dejaba de preguntar.

Y yo sabía cuál era.

Había salido en 1998. Duraba tres minutos y cuarenta segundos, una cifra que aún podía recitar sin mirar la carátula. No voy a escribir el título. No porque crea que nombrarla sea peligroso, sino porque su nombre no explicaría nada a quien no la hubiera escuchado con nosotros. Para los demás era una canción lenta, de las que las emisoras repiten durante una temporada y después olvidan. Para mi esposa y para mí había sido la música de nuestra boda. Recuerdo el calor de sus dedos entre los míos y la forma en que se rio cuando tropecé al intentar girarla. Recuerdo que me dijo al oído que yo sabía hablar durante cuatro horas seguidas, pero no podía seguir un compás.

Cada vez que la ponía, esa escena regresaba con una claridad que ningún otro recuerdo conservaba. El salón de la boda, las sillas apartadas, la humedad del vestido sobre mi muñeca. Durante tres minutos y cuarenta segundos dejaba de pensar en el reloj de la consola. A veces me sorprendía sonriendo. Al terminar, la línea uno estaba muerta.

No sé cuándo empecé a desconfiar de la llamada. Tal vez fue la noche en que, mientras esperaba la frase, la pronuncié yo primero, muy bajo, sin abrir el micrófono. Al otro lado nadie habló hasta que terminé. Entonces la voz dijo exactamente lo mismo, con una pausa que parecía haber sido elegida para no interrumpirme. Aquello descartaba una grabación sencilla. Había alguien escuchando.

La siguiente madrugada hice una prueba distinta. No puse la canción. Anuncié un tema cualquiera, dejé que empezara y observé la línea. La luz amarilla permaneció encendida durante toda la primera estrofa. Cuando bajé el volumen, escuché la respiración del hombre. No parecía enfadado. Su respiración era lenta, trabajosa, como la de alguien que hubiera subido demasiadas escaleras.

—¿Por qué esa canción? —pregunté.

—Tú sabes cuál —respondió.

No era una contestación, y sin embargo sentí que me había respondido a otra pregunta.

Esa mañana busqué la grabación de la llamada. El sistema guardaba una copia de las emisiones por motivos legales y otra de las comunicaciones entrantes. Encontré la conversación, pero el archivo comenzaba después de mi saludo y terminaba antes de que yo cortara la línea. La voz del hombre sonaba más joven de lo que había imaginado. Tenía un pequeño quiebre al final de las frases, una costumbre de respirar por la nariz antes de hablar. Me resultó familiar de una manera desagradable.

Grabé mi propia voz diciendo las mismas palabras. La reproduje después.

No eran idénticas. La del teléfono tenía un timbre más claro, menos gastado. Pero la forma de aspirar antes de la primera sílaba era la mía. También la manera de acentuar la palabra canción, como si me avergonzara pedir algo que los demás pudieran encontrar sentimental.

Pensé que alguien estaba utilizando un archivo viejo para gastarme una broma. En una emisora siempre hay suficientes grabaciones de una persona para reconstruirle una conversación entera. Lo comenté con el técnico por teléfono. Me prometió revisar la central cuando tuviera tiempo.

No vino.

Volví a llamarlo una semana después. Me dijo que estaba ocupado. En la tercera llamada repitió las mismas palabras, con la misma inflexión, y un ruido de cubiertos que creí reconocer de la conversación anterior. Me pregunté si me había llamado él alguna vez para avisar de un arreglo. No recordaba haberlo visto en persona durante años.

Empecé a prestar atención a las cosas que antes aceptaba sin pensar. Los helechos del pasillo estaban completamente secos. Sus hojas se quebraban si las tocaba, pero nadie había retirado las macetas. En la sala de espera había un calendario de una ferretería cerrado en marzo de 2004. Detrás encontré otro calendario del mismo año y, debajo, uno de 2003. Me pregunté quién los había colocado allí y por qué ninguno había llegado a abril. En la ventana del tercer piso veía la calle, la marquesina de la parada y un semáforo cuya luz roja parecía no cambiar nunca. Había pasado tantas madrugadas mirando esa esquina que habría jurado conocer el horario de los camiones de basura. Cuando traté de recordar el último que había visto, no pude.

Tampoco recordaba haber cobrado un sueldo en un banco. Cada mes aparecía un sobre con dinero en el cajón de mi escritorio. Lo atribuía a los problemas administrativos de una empresa que cambiaba de dueños con frecuencia. El sobre tenía mi nombre escrito a mano. Una noche comparé esa letra con la de las dedicatorias antiguas que guardaba en una caja. Reconocí la inclinación de las erres y la forma de cerrar las aes.

Era mi letra.

No me asustó tanto como debería. Me dio vergüenza, primero, porque durante años había aceptado un dinero sin preguntar de dónde venía. Después sentí una inquietud más honda: si yo mismo preparaba los sobres, ¿de dónde salían los billetes? Abrí el cajón para contarlos y encontré papeles de distintos años, algunos tan viejos que habían perdido el color. Todos tenían el mismo importe. No supe si estaba mirando el dinero de varios meses o una sola suma que nunca había gastado.

Decidí salir a la calle durante el programa. No había una norma que lo prohibiera; bastaba dejar música programada y regresar antes del siguiente bloque. Bajé por la escalera de servicio, atravesé el vestíbulo y empujé la puerta de cristal. El aire del exterior olía a humedad y a combustible viejo. La calle estaba vacía. En el semáforo ardía la luz roja, aunque no había coches en ninguna dirección.

Caminé hasta la parada. El cartel anunciaba una ruta que yo recordaba haber utilizado con mi esposa cuando todavía no teníamos automóvil. Sobre el banco había un periódico doblado. La fecha era de marzo de 2004. Lo abrí y vi una fotografía de un hombre que no reconocí, un concejal que prometía reparar las calles del centro. En la página siguiente encontré un anuncio de nuestra emisora: «Frecuencia Abierta, todas las madrugadas».

Cuando levanté la cabeza, estaba otra vez frente a la puerta del edificio. No recordaba haber regresado. La calle seguía vacía y el semáforo rojo. Subí a la cabina sin mirar el reloj.

La línea uno estaba encendida.

—Pon la canción —dijo el hombre—. Tú sabes cuál.

La puse. Aquella vez no sentí consuelo. Durante la primera estrofa traté de recordar el rostro de mi esposa en los últimos años, no en la boda. Quise verla en nuestra cocina, más vieja, con el pelo recogido como acostumbraba cuando tenía calor. No pude. Todas las imágenes que acudían a mí terminaban en el mismo período: el porche de la casa, el salón de la boda, un viaje por la costanera en el que cantamos desafinados. La memoria se detenía antes de llegar al presente.

Me quedé despierto hasta después de las seis, aunque no tenía claro si el programa había terminado. Al apagar el micrófono escuché mi voz saliendo de los monitores. Presentaba una canción que yo no había elegido. La voz respiraba, leía un mensaje y daba las gracias a una mujer por llamar. Me incliné hacia la consola para apagarla. La señal de emisión estaba desconectada. Mi voz continuó durante unos segundos y se cortó justo cuando pronunciaba el nombre de aquella mujer.

Era el nombre de mi esposa.

En el sótano de la emisora había un armario con los expedientes antiguos. No solía entrar allí porque olía a papel húmedo y los tubos del techo goteaban sobre el suelo. Bajé con una linterna, aparté varias cajas de publicidad y encontré carpetas atadas con cordel. Algunas conservaban etiquetas de años que yo recordaba haber trabajado; otras contenían contratos de personas que no podía situar.

En una planilla del personal figuraba mi nombre, con el horario de dos a seis de la mañana. Al margen, alguien había escrito: «Programa homenaje. Mantener al aire mientras la familia lo solicite». Debajo constaba que los gastos se cubrirían con una cuenta fiduciaria a nombre de un fallecido.

El fallecido era yo.

No lo comprendí de inmediato. Leí mi nombre completo varias veces, buscando una coincidencia o una errata. Había un acta fechada en abril de 2004, un recibo de una funeraria y una carta de mi esposa dirigida al director de la emisora. Su letra se inclinaba ligeramente hacia la derecha y las palabras se apretaban al final de cada línea, como si temiera quedarse sin espacio.

La carta pedía que conservaran una grabación de mi última emisión. No solicitaba que transmitieran el programa eternamente. Pedía una sola noche de homenaje, el tiempo suficiente para que quienes me habían escuchado durante años pudieran despedirse. Decía que, cuando llegaba a casa después del turno, yo siempre prometía que al día siguiente estaría menos cansado. Decía también que le costaba imaginar una madrugada sin mi voz en la cocina.

Había una segunda carta, escrita meses después. Agradecía el homenaje y pedía que dejaran de repetirlo. «No me ayuda escucharlo como si todavía fuera a entrar por la puerta», decía. «Mi hija ha empezado a esperar despierta a que termine el programa. No quiero enseñarle a esperar a alguien que no va a volver».

Leí esa frase varias veces.

No recordaba tener una hija.

La fotografía que acompañaba la carta mostraba a una niña pequeña sentada en el suelo, junto a un radiocasete. Tenía la boca abierta en una risa que reconocí de inmediato. Mi esposa reía así cuando algo la sorprendía de verdad, sin preocuparse por cómo se veía. En el reverso alguien había escrito un nombre y una edad. Pasé el pulgar sobre la tinta hasta emborronarla. No podía soportar que aquella niña hubiera crecido sin que yo supiera nada de ella.

La última carpeta contenía el parte del hospital. Había ingresado a finales de marzo de 2004 para una intervención que no parecía especialmente grave en los documentos de admisión. Después venían páginas con términos médicos que no entendía y una fecha de defunción. Recordé entonces el techo blanco de un sueño que me acompañaba desde hacía años, los rectángulos de luz fría, la presión de una vía en el brazo y una voz que decía que ya podía irme a casa.

Siempre había interpretado aquella frase como un alta.

Ahora recordé que la voz no me hablaba a mí. Se dirigía a mi esposa, que lloraba junto a la cama. «Puede pasar a verlo», le había dicho alguien. Más tarde otra persona pronunció unas palabras que yo, desde donde estaba, confundí con una autorización para levantarme. Ya podía irme. Ya podían llevarme a casa.

Lo que recordé después fue más difícil de aceptar que mi propia muerte. No había corrido hacia la emisora porque fuera el único lugar donde había sido feliz. Había vuelto porque no soportaba el momento anterior: la habitación del hospital, el dolor de mi esposa, la certeza de que ella tendría que regresar sola a una casa donde yo ya no podía entrar. La cabina me ofrecía una madrugada anterior a todo aquello. Allí todavía podía prometer que volvería por la mañana.

Subí al estudio con las cartas. El pasillo estaba oscuro. Los helechos seguían secos y, detrás del cristal, el semáforo rojo no había cambiado. Me senté frente a la consola, puse las hojas sobre la mesa y esperé la llamada de las tres.

Cuando la línea uno se iluminó, contesté sin anunciar el nombre de la emisora.

—Sé quién eres —dije.

Escuché el silbido eléctrico y una respiración que parecía la mía antes de enfermar.

—Pon la canción. Tú sabes cuál.

—No quiero.

La respuesta salió con una brusquedad que me avergonzó. Había pasado veinte años obedeciendo aquella petición, convencido de que me la hacía alguien que necesitaba consuelo. Tal vez era yo quien necesitaba oírla, y la voz del otro lado sólo sabía repetir la forma más amable de pedírmelo.

—No quiero volver a esa noche —dije—. Quiero saber qué ocurrió después.

El hombre no respondió.

Leí en voz alta el nombre de mi hija. Luego la edad que figuraba en la fotografía. Imaginé a una muchacha que ya no cabría junto al radiocasete, una mujer quizá, con una vida que yo no había visto empezar. Me dolió no saber si le gustaba la música, si se parecía a su madre, si había aprendido a conducir por la costanera donde nosotros cantábamos. Durante un instante estuve a punto de buscar la canción para recuperar al menos la boda, pero me quedé quieto.

Del otro lado de la línea escuché un ruido leve, como el de una silla al apartarse.

—No sabemos qué pasó con ellas —dije—. Y no vamos a saberlo quedándonos aquí.

Entonces oí mi propia voz, mucho más joven, pronunciar una frase distinta de la habitual.

—¿Y si ya no se acuerdan de nosotros?

Era una pregunta pequeña. Había en ella más miedo que en todos los ruidos del edificio, en la calle detenida o en el reloj que llevaba veinte años contando las mismas horas. Comprendí que yo había mantenido la transmisión porque creía que dejar de hablar equivalía a desaparecer de la memoria de quienes me habían amado. Como si el amor fuera una frecuencia que necesitara energía constante para no apagarse.

—Puede que recuerden otras cosas —respondí—. Tienen derecho.

La línea quedó en silencio. No corté.

Busqué la grabación de mi última emisión, la de marzo de 2004. Estaba archivada en un disco con una etiqueta escrita por mi esposa. Al reproducirla escuché una voz que reconocía y que, al mismo tiempo, pertenecía a otro hombre. Saludaba a los oyentes, se equivocaba al leer un apellido y se reía de su error. Hacia el final anunciaba unas vacaciones breves y prometía volver al mismo horario. Antes de despedirse dedicaba la canción de 1998 a su mujer y a la niña que acababa de aprender a caminar.

La grabación terminaba con una risa infantil al fondo. Mi esposa había llevado a nuestra hija a la cabina aquella noche. Yo no conservaba ese recuerdo. Había guardado la música, el salón de la boda y el calor de una mano, pero había olvidado el sonido de mi hija riéndose detrás del cristal.

Apagué la reproducción.

La llamada seguía abierta.

—No tenemos que ponerla otra vez —dije.

El silencio del otro lado cambió. No sé describirlo mejor. Era como si alguien que hubiera estado conteniendo la respiración se permitiera soltarla. La luz de la línea uno se apagó sin el chasquido habitual.

Me levanté y recorrí el estudio. El reloj marcaba las tres y cuarenta. La calle, vista desde la ventana, continuaba inmóvil. En el pasillo había un olor tenue a polvo caliente. Pasé la mano por uno de los helechos y sus hojas se deshicieron entre mis dedos.

No se encendió ninguna luz nueva. No apareció mi esposa al otro lado de la puerta. La emisora no se transformó en un lugar luminoso donde alguien me esperaba. Seguía siendo una cabina abandonada, con una consola vieja y carpetas que nadie había ordenado. Por primera vez, sin embargo, no me pareció necesario que alguien viniera a buscarme.

Regresé al micrófono para hacer una última emisión. No una despedida dirigida a oyentes imaginarios, sino unas palabras para quienes habían existido fuera de aquella habitación. Dije el nombre de mi esposa y el de mi hija. Les agradecí haberme esperado cuando yo podía regresar y les pedí perdón por haber convertido mi ausencia en una promesa interminable. No sabía si podían escucharme. Ya no era ésa la razón para hablar.

Después apagué el micrófono.

El pequeño indicador rojo se extinguió. En los monitores quedó un siseo leve que fue disminuyendo hasta desaparecer. La aguja del reloj avanzó un minuto. Luego otro.

Cuando abrí la puerta del estudio, el pasillo estaba oscuro, pero al fondo, detrás de la ventana, una franja de claridad empezaba a distinguir los edificios. El semáforo cambió de rojo a verde. Pasó un camión de reparto. Alguien arrastró un contenedor sobre la acera y el ruido llegó hasta el tercer piso con una nitidez que me hizo cerrar los ojos.

No bajé a la calle. Permanecí junto a la ventana, escuchando cómo amanecía una ciudad de la que ya no formaba parte.

No sé qué fue de mi esposa ni de nuestra hija. Ignoro si el programa homenaje dejó de emitirse aquella mañana o si llevaba muchos años apagado y sólo yo continuaba escuchándolo. Tampoco sé qué ocurrirá conmigo cuando termine de escribir esto. Hay cosas que no puedo averiguar desde aquí y que, por primera vez, no siento la necesidad de inventar.

Lo último que hice antes de alejarme de la consola fue retirar el disco de la canción y guardarlo en su funda. Tenía una pequeña marca en el borde, una muesca que recordé haberle hecho durante una mudanza. Mi esposa se enfadó entonces porque yo trataba los discos como herramientas. Después me abrazó, se rio de mi cara de arrepentimiento y dijo que, si la música era nuestra, una marca también podía serlo.

Dejé el disco en el escritorio, junto a las cartas.

La luz de la mañana alcanzó el cristal de la cabina. No escuché el teléfono.

Esperé un momento más, no porque creyera que iba a sonar, sino porque después de tantos años me costaba abandonar un lugar sin asegurarme de que todo quedaba en orden. Luego comprendí que no tenía que dejarlo preparado para el siguiente turno.

Abrí la puerta y salí sin volver a encender la luz roja.