La primera vez que oí mi cerradura abrirse, tenía la llave en la mano y todavía no había tocado la puerta.
Me había detenido en el último escalón para buscarla en el bolso. Entonces sonó el chasquido: metal contra metal, el pequeño golpe seco que mi llave hacía justo antes de que el pestillo cediera. La puerta se abrió unos centímetros y volvió a quedarse quieta.
No había nadie en el pasillo.
Llevaba cuatro años viviendo sola en ese departamento. Conocía el edificio por sus ruidos: los siete escalones que crujían al subir, la tubería que golpeaba dentro de la pared cuando alguien abría una llave de agua, el zumbido de la lámpara del rellano. Aquel sonido no era una tubería ni la madera asentándose. Era mi cerradura. La habría reconocido entre mil.
Me quedé con la llave suspendida sobre la palma. Esperé a que alguien asomara la cabeza o dijera algo desde dentro. Nadie lo hizo. Al cabo de unos segundos, entré. Todo estaba en su sitio: la taza junto al fregadero, el suéter doblado sobre el respaldo de la silla, la manta en el brazo del sillón. Me repetí que el edificio era viejo y que los edificios viejos crujen de noche. Aun así, antes de acostarme revisé la puerta dos veces.
La noche siguiente ocurrió de nuevo.
Llegué a la misma hora, subí las escaleras y me detuve ante mi departamento. Antes de que sacara la llave del bolso, oí el giro lento de la cerradura desde dentro. Esta vez la puerta no se abrió; solo soltó el chasquido final, como si alguien hubiera probado el mecanismo y luego hubiera cambiado de opinión.
Pasé la noche despierta, escuchando el departamento. El refrigerador arrancó a las dos. Una tubería sonó en la pared. El viento hizo vibrar la persiana. No volvió a oírse nada del otro lado de la puerta.
Durante los días siguientes, procuré llegar más temprano. Un jueves subí una hora antes de lo habitual y me detuve cuatro escalones antes del rellano, en el tramo donde la madera no crujía. Me quedé allí, conteniendo la respiración. Al principio solo oí el zumbido de la luz. Después, a la hora a la que normalmente regresaba, la cerradura giró desde dentro.
Yo seguía en la escalera, lejos de la puerta.
Esperé unos segundos y me acerqué. Apoyé el oído contra la madera. Del otro lado no llegaba ningún paso ni respiración, pero sí el roce tenue de algo que se alejaba por el recibidor. Cuando abrí, la casa estaba vacía.
Desde esa noche empecé a detenerme siempre en el mismo escalón. No sabía qué esperaba oír. Tal vez quería que el sonido dejara de ocurrir; tal vez necesitaba comprobar que no lo había imaginado. A veces la cerradura giraba antes de que llegara. Otras veces no pasaba nada. Si no sonaba, entraba y me obligaba a continuar la noche como de costumbre. Si sonaba, esperaba en el pasillo hasta que la puerta volvía a quedarse quieta.
Mi explicación era sencilla: alguien tenía una copia de mi llave. El vecino, quizá. El administrador. Me decía que no encontraba señales de entrada porque quien abría desde dentro no buscaba robar. Pero nunca cambié la cerradura. Cada vez que lo intentaba, me invadía una resistencia absurda, como si estuviera a punto de cerrar la puerta en la cara de alguien que vivía conmigo.
Una madrugada, al entrar, encontré la lámpara de la sala encendida. Yo estaba segura de haberla apagado antes de salir. No recordaba haberla dejado así ni la noche anterior ni ninguna otra. Me quedé parada en el recibidor, con el abrigo puesto, mirando la luz amarilla sobre la mesa. La llave seguía en mi mano. Desde el fondo del departamento llegó el crujido del sillón, como si alguien acabara de levantarse.
—¿Hay alguien? —pregunté.
Mi voz sonó débil en las habitaciones vacías.
No encontré a nadie. Apagué la lámpara y revisé la cerradura. Estaba echada por dentro.
A partir de entonces empecé a notar cosas que antes no me habían preocupado. La comida que compraba se quedaba intacta en la nevera. A menudo me sentaba a cenar y, cuando quería acordarme, ya era de madrugada y el plato seguía lleno. Pensaba que se me había quitado el hambre por el cansancio. También dejé de mirarme en el espejo del baño. Una mañana lo cubrí con una toalla porque la luz me molestaba en los ojos; luego pasaron varios días sin que me acordara de destaparlo.
Los vecinos tampoco parecían verme. La señora del segundo, que solía saludarme cuando coincidíamos en la escalera, empezó a pasar de largo con la mirada fija en la ventana. Una vez le hablé desde el rellano. Ella siguió bajando, sin siquiera volverse. Me dio rabia. Me dije que la gente del edificio era cada vez más fría y que yo ya estaba demasiado cansada para tomarme esas cosas a pecho.
La cerradura siguió girando.
Una noche llegué tarde, mucho después de mi hora habitual. El pasillo estaba oscuro y la luz del rellano tardó en encenderse. Subí despacio, escuchando mis propios pasos. Cuando llegué al tercer piso, oí el chasquido. Esta vez la puerta se abrió más que unos centímetros. Desde donde estaba pude ver una franja del recibidor y la lámpara apagada.
Me quedé quieta. Mi llave seguía dentro del bolso.
—¿Quién está ahí? —dije.
No hubo respuesta. Empujé la puerta y entré. El departamento estaba vacío, pero el aire tenía un frío denso que no recordaba haber sentido antes. En la mesa había una taza de café con un cerco oscuro en el fondo. La toqué. Estaba completamente fría.
Me fui a dormir sin cambiarme de ropa. Durante la noche tuve un sueño que al despertar casi había olvidado: yo estaba dentro del departamento, junto a la puerta, esperando a que alguien llegara. Sabía quién era. Tenía mi llave y mi manera de caminar. Solo quería abrirle antes de que tuviera que llamar.
A la tarde siguiente fui a la azotea. Desde allí se veía la fachada del edificio y las ventanas de mi departamento. Quería comprobar si la lámpara se encendía sola, si había alguien entrando cuando yo no estaba, cualquier cosa que me devolviera una explicación sencilla. Me apoyé en la baranda y miré hacia el tercer piso.
Mi ventana era un rectángulo oscuro.
Las de los vecinos estaban iluminadas, con cortinas, plantas y sombras que se movían detrás del vidrio. La mía parecía clausurada. Pensé que quizá se había fundido una bombilla, aunque sabía que no era la de la sala: aquella lámpara funcionaba. Aun así, bajé para comprobarlo.
En el vestíbulo me crucé con el administrador. Le pregunté si había cortado la electricidad del departamento por alguna reparación.
—¿El suyo? —dijo, buscando algo en sus papeles—. Lleva semanas vacío.
Me reí, porque era una respuesta ridícula. Le dije que acababa de subir, que mis cosas seguían dentro, que esa misma noche volvería a dormir allí. El hombre alzó la vista. Por un instante pareció que iba a contestar; luego miró más allá de mí, hacia la puerta de la calle.
Salí sin decir nada y fui hasta el edificio de enfrente. Desde allí podía ver mejor mi ventana. Seguía negra. No había nadie dentro.
Esperé hasta que cayó la noche. Entonces vi abrirse la puerta principal de mi edificio y salir a una mujer con el abrigo oscuro y el bolso que yo llevaba al trabajo. La reconocí por la forma de inclinar la cabeza al caminar. Era yo.
La vi alejarse calle abajo.
No recordaba haber salido.
Subí de nuevo a mi departamento. Nadie me detuvo. En el tercer piso, la puerta estaba cerrada. Del otro lado no se oía nada. Me acerqué y apoyé la mano en la madera. Por primera vez no sentí el frío del pasillo.
Entonces entendí de dónde venía el chasquido.
No era alguien que se adelantara a mi llegada. Era yo, desde dentro, girando la cerradura para abrirle a la mujer que regresaba cada noche con la llave en la mano. La que todavía podía sentir frío en las escaleras, tenía hambre al final del turno y se irritaba cuando los vecinos no la saludaban.
Recordé la noche en que todo había empezado. Yo había llegado a casa, había cenado y me había acostado con la radio encendida. Algo en mi cuerpo dejó de funcionar mientras dormía. No hubo un golpe ni un momento en que pudiera pedir ayuda. Solo una mañana en la que nadie contestó el teléfono, una puerta que el administrador tuvo que abrir y un departamento que, desde la calle, llevaba semanas sin luz.
No recordaba mi muerte porque nunca había llegado a despertar dentro de ella. Había seguido haciendo lo que hacía cada noche: volver a casa.
Me quedé junto a la puerta, con la mano sobre la cerradura. En la escalera empezó a subir la otra. Reconocí sus pasos y el crujido de los siete escalones. Se detuvo en el último, tal como yo lo hacía.
Escuché el roce de su bolso. La llave chocó contra otras llaves.
Por un instante quise dejarla entrar sin asustarla. Quise decirle que estaba en casa, que no había nadie esperándola con malas intenciones. Pero al otro lado de la puerta oí su respiración cortarse y supe que ya estaba escuchando el chasquido.
Giré la cerradura.
La puerta se entreabrió unos centímetros. La mujer del otro lado se quedó inmóvil, con la llave suspendida en la mano.
No dije nada. Ella tampoco.
Después de un momento, entró.
Cada noche vuelve a ocurrir. Ella sube las escaleras, se detiene en el último escalón y busca las llaves en el bolso. Yo espero al otro lado de la puerta, escuchando cómo se acerca. Cuando llega, giro la cerradura antes de que pueda usar la suya.
Ella todavía cree que el edificio es viejo y que los edificios viejos hacen ruidos extraños.
No pienso corregirla. Aún no.
