La silla sin ocupante

Una silla de madera vacía en una sala funeraria junto a un ataúd, con velas, flores y una mujer en la puerta al fondo
Una silla de madera vacía en una sala funeraria junto a un ataúd, con velas, flores y una mujer en la puerta al fondo

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En la funeraria hay seis sillas de madera. La familia acomoda cinco y deja libre la que queda junto al ataúd. Nadie se lo pide. Nadie explica por qué.

La primera noche que trabajé allí, pensé que era respeto. La segunda, pensé que era una costumbre del pueblo. A la tercera, ya me daba vergüenza admitir que evitaba pasar demasiado cerca de esa silla.

Doña Carmen, que me enseñó a preparar a los difuntos, me habló de ella mientras doblábamos las mantas de una sala vacía.

—Esa silla no es para el muerto —dijo—. Es para quien viene a buscar al próximo.

Se lo pregunté otra vez, creyendo que había entendido mal. Doña Carmen no respondió. Solo comprobó que la silla estuviera en su sitio, pegada al extremo del ataúd.

Cuando ella se jubiló, me quedé con el turno nocturno. Aprendí a vestir cuerpos, a cerrar párpados y a soportar el olor de las flores cuando llevaban demasiadas horas bajo las lámparas. Aprendí también a no pensar en la silla.

Hasta que la toqué.

Fue en una madrugada sin velación. Entré a limpiar y apoyé la mano en el respaldo. Retiré los dedos de inmediato. La madera estaba caliente, como si alguien acabara de levantarse. Miré debajo, detrás, alrededor. La sala estaba vacía.

Durante los días siguientes volví a comprobarlo. A veces la silla estaba fría. Otras, caliente. Con velación o sin ella. Dejé un vaso de agua sobre el asiento; al final del turno, estaba vacío. Una flor que puse encima apareció al día siguiente doblada hacia el ataúd.

Podía haber dejado de investigar. En lugar de eso, empecé a esperar hasta que la funeraria estuviera en silencio para acercarme y tocarla. Cada vez que encontraba el calor bajo la palma, una parte de mí quería salir corriendo. Otra, más terca y mucho más tonta, quería entender qué había allí.

La noche que me hizo dejar el trabajo llegó un hombre mayor. Yo lo preparé antes de que llegara la familia: le puse su traje, le peiné el cabello y le crucé las manos sobre el pecho. No tenía miedo mientras trabajaba. El miedo llegaba después, cuando la sala quedaba quieta y podía imaginar que el cuerpo me había estado oyendo.

Antes de abrir las puertas, revisé todo. Las flores, las velas, la postura de las manos. La silla junto al ataúd ya estaba caliente.

Esta vez no me acerqué.

La familia llegó a las ocho. Su hija, una mujer de unos treinta años, fue la primera en entrar. Avanzó hacia el féretro, pero al llegar a la silla vacía se detuvo. No la miró. Cambió de rumbo y se sentó en la siguiente, al otro lado de la sala. Los demás hicieron lo mismo, aunque había sitio de sobra.

Me repetí que era una costumbre. Me lo repetí porque, a través del cristal del ataúd, vi que las manos del muerto ya no estaban cruzadas.

Tenía los dedos abiertos a ambos lados del cuerpo.

Me acerqué y se los acomodé. Me temblaban las manos; tuve que apretar más de lo necesario para que se quedaran juntas. Al enderezarme, oí un crujido detrás de mí.

La silla se había arrimado al ataúd.

No mucho. Apenas unos centímetros. Pero yo la había dejado pegada a la pared. Miré a la familia. Nadie parecía haberlo notado. Sentí el sudor frío debajo del cuello de la camisa y me descubrí tragando saliva como si tuviera la boca llena de polvo.

Dejé las manos del hombre cruzadas y me alejé. La hija lloraba en silencio, mirando el rostro de su padre. Por un momento quise ir con ella, sentarme a su lado y contarle lo que pasaba. Pero ¿qué iba a decirle? Que una silla vacía estaba moviéndose hacia el ataúd, y que algo había abierto las manos de su padre?

Entonces la hija se levantó.

No caminó hacia la puerta. Caminó hacia la silla.

La vi cambiar de dirección en el último momento, como si hubiera recordado una tarea. En vez de sentarse, se inclinó sobre el féretro y tomó la mano de su padre. La silla crujió.

Corrí hacia ella. Le dije que necesitaba salir un momento, que yo me quedaría con su padre. No sé si me creyó, pero aceptó. Cuando pasó junto a mí, noté que tenía los brazos cubiertos de piel de gallina.

La acompañé hasta el vestíbulo. La sala quedó vacía.

Al regresar, la puerta estaba abierta.

La silla se encontraba frente al ataúd. No a un lado, sino justo delante, como si alguien se hubiera sentado allí para mirar de cerca al hombre muerto. Su asiento estaba hundido en el centro. Me quedé paralizada en el umbral. Notaba el pulso en la garganta y un dolor sordo en la mandíbula de tanto apretar los dientes.

El muerto seguía con las manos cruzadas.

Yo quería creer que algún familiar había vuelto a entrar, que alguien había movido la silla, que había una explicación sencilla. Pero mi cuerpo ya había decidido por mí: las piernas no me respondían y la mano que llevaba la llave se me cerraba sola.

La silla crujió de nuevo.

El asiento se hundió más.

Retrocedí hacia la puerta. La silla giró, despacio, hasta quedar frente a mí.

No había nadie sentado. Aun así, la madera cedía bajo un peso que yo podía oír.

Me fui hacia atrás y choqué con el marco. La puerta empezó a cerrarse. Tiré del picaporte. No se movió. Algo me sujetó por la muñeca.

El contacto era frío, pero el asiento estaba caliente. Sentí una presión cerrándose alrededor de mi mano, dedo por dedo. Miré y no vi nada. Aun así, la presión apretó hasta obligarme a flexionar los dedos.

Al otro lado de la sala, las manos del hombre volvieron a abrirse.

Intenté gritar. Me salió un sonido pequeño, inútil. Me golpeé la muñeca contra el marco hasta que el agarre cedió. Caí al suelo, logré abrir la puerta y salí al vestíbulo. No miré atrás hasta que llegué a la recepción.

La familia seguía allí. Nadie había oído nada.

Cuando regresé con el dueño, la sala estaba como antes. El difunto tenía las manos cruzadas y la silla seguía junto a la pared. Solo mi muñeca mostraba una marca roja, en forma de dedos, que tardó varios días en desaparecer.

Renuncié al turno nocturno. La funeraria contrató a otra persona y nunca supe qué le ocurrió allí. Yo tampoco volví a preguntarlo.

Hay una última cosa que no cuento en la entrevista cuando busco trabajo. Desde aquella noche, me cuesta sentarme en cualquier lugar. A veces, cuando estoy a punto de hacerlo, siento que el asiento conserva el calor de alguien que acaba de levantarse. Entonces me quedo de pie, con la mano apretada contra la muñeca, y espero a que pase.

No siempre pasa.